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martes, 25 de agosto de 2015

Cuba, primera estación: Pinar del Río


 (primero de una serie de artículos sobre mi experiencia en Cuba)


Pinar del Río. Tierra de humedales y de tabaco. Lo primero, después de saludar al grupo con el que vamos a trabajar hoy, es un pequeño presente, lleno de cariño y de sabor a tierra: un par de puros. Cubanos de verdad, fragantes, con olor fresco a campo verde, a llanuras prolongadas donde el viento mueve las hojas del tabaco y parece que el mar y la tierra se hubiesen fundido. Mirar y oler me hizo volver a mi campo y a mi niñez, no en balde a nosotros los puriscaleños nos dicen "tabacaleros". Reminiscencias de una vieja práctica agrícola que se ha perdido casi totalmente. Recordé a mi hermana Anabelle trabajando en el despalillado del tabaco. Allá casi nadie recuerda que es eso, aquí todo el mundo.

Huracán Gustav entrando por el litoral pinarense
Cuba es tierra de paso de huracanes. Su posición en el mar Caribe la expone anualmente a la entrada de todo tipo de ciclones. Muchos de los más destructivos han tocado esta tierra. Aquí, en el municipio de Consolación del Sur, donde estamos trabajando, la memoria del huracán Gustav está muy fresca en todas las personas. Te enseñan todo lo que se llevó, la huellas indelebles, marcadas en la piel de la ciudad, en los ojos y en las manos de quienes vieron el poder del viento usando, no reclamando, el espacio que le corresponde. 

Consolación del sur después del paso del huracán Gustav
El huracán Gustav se formó el 25 de agosto de 2008, allá a 500 kilómetros de la costa Haitiana. Tocó tierra por primera vez en la zona de Jacmel y alcanzó categoría 4, con vientos superiores a 250 km/hora. Afectó la isla Hispaniola (Haití y República Dominicana), varios países del Caribe y varios estados de los Estados Unidos. En su trayectoria quedaron 86 personas muertas en el Caribe y 8 en los Estados Unidos. En Pinar del Río los vientos del ciclón alcanzó su mayor dimensión y se registraron ráfagas de 340 km/hora. La capacidad de destrucción de vientos de está velocidad es elevadísima,  la ciudad de Consolación del Sur fue arrasada, pero nadie murió. Nadie.

La pregunta obligada es ¿por qué? ¿cómo fenómenos cuya fuerza puede resultar en cientos o miles de muertes, aquí en Cuba no se da? Nos pasamos años insistiendo, argumentando, hasta que las ideas se quedan lucias de tanto usarlas, que los desastres no son naturales; que no es la fuerza del huracán o del terremoto, la causa verdadera de la destrucción y el sufrimiento, sino esta humanidad nuestra, las estructuras de poder y la forma de desarrollarse, las verdaderas causantes. Sin embargo, hasta el día de hoy, los progresos en este reconocimiento son muy pocos. La invocación de lo fatal y de la naturaleza castigadora sigue siendo el lugar común. Pero no en Cuba.

Las conversaciones con la gente aquí, en Consolación del Sur, con personas voluntarias, autoridades municipales, la Cruz Roja o los ministerios, son abiertas, autocríticas y, sobre todo, con visión del bien común y de solidaridad. El manejo de las situaciones de desastre es una asunto de todos. No es un slogan pegado en la pared, no es el discurso bonito del ministro o el jefe de la protección civil (como en tantos de nuestros países), sino algo que pasa todos los días. Al contrario de lo que mucha gente piensa, la capacidad de respuesta del sistema cubano no está basado en la centralización o la verticalidad, al contrario, está basado en la organización local, en el recordatorio permanente y sistemático de que la responsabilidad no es de todos sino de cada uno. Aquí, socorrer o albergar a los vecinos no es una orden, es un asunto de comunidad. 
En Pinar del Río he podido ver como pocos recursos pueden hacer mucho. Me he pasado muchos años observando grandes inversiones, alta tecnología y proyectos millonarios que terminan en estaciones satelitales enviando mensajes a la nada, a la triste soledad luminosa de un aparato que circula allá arriba a 45 mil kilómetros sobre la tierra. 

Aquí, los recursos son escasos y cada radio, cada botiquín y cada mínimo recurso se cuida y se mantiene. Con constancia y cariño, quizás las palabras clave que tanto hemos estado buscando.








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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

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Los comentarios y apreciaciones de esta publicación son una opinión personal y no representan a ninguna institución o autoridad nacional o internacional.

Fotos personales. Foto del huracán Gustav tomada de Wikipedia


y bueno.... Benny Moré


sábado, 6 de junio de 2015

Persiguiendo el agua


La ciudad de Beira, provincia de Sofala

La ciudad de Beira, en Mozambique, por donde el río Zambezi suelta las aguas que recogió en un largo itinerario de 6 países, miles de kilómetros, cataratas y cocodrilos, tenía gravísimos problemas de inundaciones y anegamientos. Como resultado de los conflictos armados por la independencia, la ciudad se había vuelto un caos y todos los planos de su construcción y estructura se habían perdido. Cada cierto tiempo, las aguas volvían a pasar, arrasando solares y miserias, llevándole al mar lo que él nunca había pedido. Así, como Beira, miles de ciudades, han cubierto de cemento la respiración del suelo, calentando el aire y cerrando los minúsculos sumideros cuya función ha sido la de infiltrar lentamente las aguas.
Inundación urbana

Hace unos años, el presidente municipal de Beira1 decidió que era hora de controlar esas inundaciones, inventadas por el caos político, la dinámica urbana y la exclusión social. El problema era la falta de mapas o planos para ubicar los desagües diseñados en la construcción de la ciudad. Entonces, alguien salió con la idea de observar el comportamiento del agua: cada vez que lloviera, la comunidad debía salir a mirar donde entraba y donde salía. Cientos de personas corretearon el agua, para redibujar sus caminos.

Caminos del agua, rutas impredecibles y caprichosas, para algunos,  motivo de aprendizaje y planeamiento para otros. Los antiguos egipcios lograron comprender desde temprano los caminos del agua, y por eso fueron capaces de aprovechar las crecidas del río Nilo y crear una civilización sobre el desierto. En nuestra engañosa modernidad global, aún con la silenciosa mirada de los satélites, que escudriñan hasta las intenciones,  en nuestro día a día observamos sequías violentas, con una tierra quebrada y macilenta, donde solo ayer hubo lagunas e inundaciones. El ciclo, extensivamente anunciado, da la vuelta y poco tiempo después, donde estuvo seco vendrán las aguas y habrá destrucción, las plantaciones y las personas se ahogan y la política invocará lo fortuito y lo natural para esconder la sordera que caracteriza la forma en que se administran los territorios.

Sequía en el norte de Brasil

Como el alcalde de Beira, quizás habría que salir a perseguir el agua, para entenderla y respetarla, para planificar con sabiduría.

Estando de nuevo en la Província de Cunene, en Angola, y por primera vez en la provincia desértica de Namibe, observo los resultados de una sequía que lleva ya casi cinco años. Miles de personas afectadas, han visto su ganado morir, y el aumento de su fragilidad. Parece un desastre nuevo, pero es un desastre viejo. Las causas son las mismas, o parecidas. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima con ella misma.

Provincia de Namibe, los efectos de una sequía de 4 años son evidentes
En Namibe, la Laguna de los Arcos, se puede caminar. Los letreros que dicen “prohibido nadar” atestiguan una situación que primero da risa, cuando se observa la tierra rota y seca y el polvo y la arena flotando en un aire cargado, con un calor que corta la respiración y una sequedad que deshidrata aceleradamente. Después, se siente el dolor en la piel, al saber que ese rótulo en realidad atestigua la falta de planificación, la incapacidad de manejar bien lo que ya estaba avisado. 

 Esto es hoy el sur de Angola, con una desertificación peregrina, pero también lo es, aunque en otra escala, en una vasta cantidad de países en desarrollo. 

"Prohibido nadar"


La laguna de los arcos, desesperadamente seca. Entre los arbustos, poblaciones nómadas, acostumbradas a la disponibilidad de agua en los pozos de la zona, hoy deben ser atendidas, con agua y alimentos


Hoy con el Fenómeno del Niño otra vez tocando la puerta uno se pregunta ¿quién habrá tomado ya sus decisiones? ¿quién previó que vendrían tiempos de falta o de exceso de agua, y quien se preparó?. ¿Será que el agua que anegó y creo inundaciones se pudo conservar, será que encontramos la forma de reponer la capacidad de retención e infiltración en los suelos?. ¿Será que el maíz, la yuca, el massango o la massambala, resistirán la próxima vez, para poderse convertir en alimento? Experiencias en Centroamérica2 muestran que es posible entender el ciclo del agua y prepararse para enfrentar la variabilidad y el cambio del clima, aumentando la resiliencia de algunas actividades y regiones.

Las duras lecciones de la sequía en Africa deberían alimentar la experiencia en América Latina. Para mirarnos en ese espejo, para reconocer las similitudes y las ventajas, para compartir y aprender juntos
Cunene, en Angola. Zona permanentemente afectada por la sequía

El desafío es mayor. Hoy, después de décadas de promoción e inversión, el conocimiento básico del problema, aún a nivel de las causas físicas (amenazas) está lejos de alcanzar un nivel adecuado. Al margen del tamaño o el producto interno bruto de los países en desarrollo, el conocimiento del riesgo no parece alcanzar para mejorar sustancial y duraderamente la percepción y reconocimiento del problema.

Entonces, me planteo algunas preguntas:

¿Cuales son los procesos o mecanismos reales que permitirán comprender la dinámica natural del agua, en espacios y territorios donde la información tradicional no es sistematizada y la información científica prácticamente no existe? En unas regiones la escasez de datos es apremiante y no se encuentra siquiera a escalas generales, qué decir de la información de sitio, necesaria para la planificación y acción entre actores locales. Aquí se encuentra, todavía hoy, uno de los grandes desafíos para la gestión del riesgo.

Por otra parte, ¿que tanto conocemos los procesos de la gobernanza? ¿Cuando comprenderemos que no basta con decir que los políticos no entienden, o que no hay “voluntad política” para cambiar, o que simplemente no se puede? Es imprescindible comprender como funciona la política, más allá de los discursos populares, que se convierten en “tendencias” en la red social, pero que no contribuyen en nada a resolver las necesidades de unas poblaciones cada vez más frágiles y menos resilientes. La acción requiere una inteligencia fundamental, la del diálogo y el entendimiento, la de la valoración mesurada de las opciones. 

Si no entendemos las presiones diarias del alcalde, sus opciones y limitaciones,  si no sabemos como se identifican y financian los proyectos de inversión pública, si no tenemos claras las competencias institucionales, los períodos y la misma burocracia que los podría hacer viables, si venimos con soluciones técnicamente impecables, pero administrativamente inviables, estaremos contribuyendo con el problema y no con su solución. 

No basta con perseguir el agua.


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Turin, Italia. Junio 2015

Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis


1. Esta historia me la contó una colega moçambicana. En Beira y otras regiones de Mozambique se han instalado exitosos sistemas de alerta temprana.

2. El Foro del Clima y el Foro de las Aplicaciones, son excelentes contribuciones al conocimiento del problema en Centroamérica y en muchas ocaciones han logrado alimentar verdaderos procesos preventivos de toma de decisiones. http://recursoshidricos.org

viernes, 24 de abril de 2015

Una casa de palabras para Eduardo Galeano

“Para los navegantes con ganas de viento, la memoria es un puerto de partida” (Las palabras andantes)

Cuando murió Julio Cortázar, Galeano escribió un hermoso texto de despedida donde incluyó el sueño de su esposa sobre "la casa de las palabras". Una casa donde los poetas llegaban a mezclar y probar palabras, agregándoles sal o aroma de lluvia. 

Galeano soñaba con darle a Julio sus sueños y al final, en una vuelta de tuerca feliz, nos dio a todos su casa de palabras; una casa llena de olor a ron y cacao, de recuerdos infinitos que van desde la creación, cuando la tierra humeaba y el maíz recién se convertía en mujer, hasta el siglo que nos trajo el viento.

El día de su partida, sentí que visitaba esa casa, en medio de la incredulidad y la rabia, porque sin duda que faltaron palabras, grabados de Borges, regates de Maradona, ceremonias ancestrales frente a los mares antiguos. Eduardo se las llevó y solo nos queda regresar a sus libros, para ponerles sal y soplarles la historia que aún no viene.

En su casa de palabras encontré recuerdos míos, de mi vida y de mi gente. Escuché las voces de Ganapán y de Buscavida, transcurriendo solitarios por la rambla, por el mundo paralelo de un Montevideo que podía ser cálido, como un buen Tanat o su playa “como un inmenso lecho de agonía”. Con ellos llegó el sabor de “La canción de nosotros” su única novela, o la única reconocida como tal. 

Para muchas personas Galeano significó el despertar de la conciencia. Como un grande y escandaloso reloj que buscaba en el tiempo pasado las explicaciones del tiempo que corre. Las “venas abiertas” pusieron chile en la herida de la intuición que nos azotaba desde temprano, y ayudaron a mirar de cerca la dura realidad de la que José Martí llamó "nuestra América".

La “Memoria del Fuego” es un recinto entrañable donde siempre uno puede entrar y sentarse, a ejercer el asombro, a conectarse con el ritmo apabullante de una descripción que se canta, desde los Nacimientos, cuando “ Dios soñaba … a la mujer y al hombre … mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio”, o en “Las caras y las máscaras”, cuando al final de un periplo por la ruta de la vergüenza y el saqueo de cuatro siglos, Galeano, sentado en la piedra desde donde miraba el tiempo, recordó la profecía del Chilam Balam - Se levantarán el palo y la piedra para la pelea… los de trono prestado han de echar lo que tragaron … al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo”.  Casi siglo y medio después, la codicia no terminaba y Eduardo Galeano seguía cantando, abriendo ventanas sobre la palabra, ventanas para dejar pasar el siglo y con él los deseos de cambio:

“El viento norte viene con tierra; el del este, con lluvia; el pampero, con frío; y todos arrojan remotos puñales contra los vidrios de las ventanas y anuncian el huracán criminal que alguna vez vendrá con fuego y nos revelará la palabra buscada”

Sentado en mi biblioteca acaricio los lomos de los viejos compañeros de la vida, entre muchos: la edición rota del Libro de los Abrazos, que me regaló Bernal Blanco, un amigo que también se fue; la trilogía del fuego, percudida, amarilla, llena de pequeñas señales y recuerdos; la bellísima edición de Las palabras andantes, con los grabados del brasileño José Francisco Borges, un poeta del claro oscuro - vi varios de sus cuadros durante una gira alucinante por Recife y Jaboatão dos Guararapes, las tierras de la inexcusable sequía brasileña -; el Mundo patas arriba o los Días y noches de amor y de guerra. Galeano siempre presente, para conectar el cerebro y la risa, la rabia y el deseo de hacer.  

Quizás presagiando, un día abrió esta "ventana sobre la memoria":

Quien nombra, llama. Y alguien acude, sin cita previa, sin explicaciones, al lugar donde su nombre dicho o pensado, lo está llamando.
Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de creer que nadie se va del todo, mientras no muera la palabra que llamando, llameando, lo trae.


Creo que está muy claro. Mientras sigamos visitando su casa de palabras, y volvamos a pronunciar su nombre, leyendo, rebuscando entre las páginas que nos dejó, Eduardo Galeano seguirá llegando, llameando, sobre el viento.

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Luis Rolando Durán Vargas

América Latuanis


Para recordar a Galeano, dos uruguayos maravillosos: Daniel Viglietti y Mario Benedetti.


(otra voz canta/Desaparecidos)



Ta'llorando (Los Olimareños)




Milonga de andar lejos (Daniel Viglietti)



y... finalmente, "El derecho al delirio" por Eduardo Galeano.



sábado, 1 de marzo de 2014

Migración y fronteras, la línea divisoria de los sueños.

Triple valla de Melilla que separa la ciudad autónoma de Marruecos.
Fotografía: J. Blasco de Avellaneda.

15 personas muertas en las costas españolas. “Subsaharianos” como dice la prensa, tratando de inmigrar a España. Ahogados, arañando con la punta de los pies el territorio soñado. Aunque al principio lo negaron, la policía les disparó balas de goma mientras se aproximaban nadando, "para disuadirlos". Pánico mortal, en una figura que se repite en muchas fronteras en el mundo.
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Rumbo a Angola, llegué al puesto de migración en Barajas, aeropuerto de Madrid. En menos de un minuto había cruzado la Frontera Española, y por tanto, la frontera europea Schengen. A mi lado, una pareja de sudamericanos no tenía tanta suerte. Evidentemente tenían un buen rato de estar explicando al oficial de migración las razones por las cuales llegaban a la " Madre patria". Probablemente mi pasaporte lleno de sellos y visas me sirvió de garantía de que no tenía interés de inmigrar y no me tocó ese calvario de preguntas tontas que debés responder con seriedad. Si bien los puertos de entrada en Europa no tienen ninguna comparación con lo que sucede en los Estados Unidos, o incluso en países más inesperados como México o Panamá, cada vez es más común encontrar este tipo de situación de este lado del Atlántico,  sobre todo en Portugal y España (Al menos en mi experiencia).

Una vez más, observar este tipo de situaciones me lleva reflexionar sobre la migración; sobre las promesas de una tierra nueva de oportunidades y éxito que ha deslumbrado o llenado de ilusiones a personas a lo largo y ancho de la historia y la geografía. Sobre las razones que llevan a tanta gente, de uno u otro origen, a jugarse todo para cruzar. Para cruzar el río, para cruzar el estrecho, para saltar un muro, para lanzarse a mar abierta o a desierto abierto, para meterse en el baúl de un carro o un camión cisterna y cruzar esa línea imaginaria al borde de la asfixia O bien perecer en ella, dejando atrás lo que se quiere, en su nombre.

Justamente el día que he llegado a España me encuentro con una serie de noticias sobre el enclave español insertado en el continente africano, donde también existe un muro del que se habla poco. No es tan famoso ni tan mediático como el muro israelita en Palestina o el muro gringo en la frontera con México. Pero es también un muro contra la humanidad, contra la necesidad de quienes un día fueron explotados y  colonizados y que hoy tienen la osadía de intentar ingresar - en una menor escala pero con apremiante necesidad - en el territorio sin permiso, tal como lo hicieron ellos hace algunos siglos y lo siguen haciendo hoy con formas más sofisticadas de utilizar el suelo que no les es propio y de sacar provecho de una población que solo les interesa lejos de sus fronteras.

Cientos de personas llegan diariamente a Ceuta y Melilla, territorio del continente africano, que le pertenece aún a España, para intentar saltar la valla que divide África con Europa. Para intentar patear la geografía política y romper con las fronteras encaramandose en esa pared de 6 metros de alto y cruzando el mar Mediterráneo sobre la frágil ilusión de una patera. La guardia civil española, guardiana de la sacrosanta integridad europea se las ve a palitos para parar las olas de inmigrantes que se juegan una suerte de lotería si logran caer al otro lado. 

Un reportaje de El Mundo (publicación digital 21/2/14) narra como John Tomsy, un joven sierraleonés, lleva cinco años varado en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), junto con más de 1000 personas. Su hijo de cuatro años nació en esa tierra sin nación. Al igual que cualquier cárcel del tercer mundo, el CETI esta superpoblado, a más del 300% de su capacidad original. Valga decir, para no caer una crítica unilateral desinformada, que es una situación que llena de angustia y presión tanto a los internos, como a la gente que se esfuerza por atenderles.

Hace poco, la guardia civil disparó a las personas que trataban de llegar a nado a la costa española de Ceuta y el resultado de esto fue 15 personas muertas. Ahogadas al borde de sus sueños. Cuando probablemente sus pulmones estaban llenos de alegría de acabar la odisea que les llevó a cruzar el desierto del Sahara, a pasar días y meses caminando o esperando, agazapados entre el follaje, esperando el momento propicio para saltar.  Hoy, cuando la realidad de las potencias europeas está generando migración económica de Portugal, España o Grecia, hacia países latinoaméricanos y africanos, uno se pregunta, ¿que pasaría si fueran recibidos igual?

Hace unos años me encontré en el aeropuerto de Johanesburgo con un portugués que trataba desesperadamente de alcanzar un vuelo de conexión, pero no lograba comunicarse en inglés, con una oficial de la policía sudafricana. El tipo sudaba y casi lloraba porque no se quería quedar en esa etapa del viaje. Le ayudé como interprete y la pregunta que insistentemente le hacían era precisamente adonde iba, justo lo que el también preguntaba en portugués. Se puso muy nervioso cuando dijo que iba para Namibia, pero finalmente lo orientaron y consiguió continuar su viaje. Luego, un angolano que me ayudaba con unos trámites, me contó que la ruta Johannesburgo-Namibia se estaba usando como ruta de tránsito ilegal: llegan a la frontera de Namibia con Cunene, y ahí la prometida Angola, donde todo el mundo gana mucho dinero. ¡Europeos entrando ilegales en África! La economía del mundo al revés, como diría Eduardo Galeano. La historia demostrando como el mundo da vueltas, sobre una humanidad que se empeña en repetir sus mismos errores.

Recuerdo también el libro el Dorado, de autor Laurent Guadé, que me regaló hace unos años mi amigo Michel Matera. Dos historias en simultánea: dos jóvenes hermanos inmigrantes de Sudán y una mujer y su bebé, quienes realizan un viaje fatal en un barco carnicero de los que lleva hacinados a los inmigrantes que tratan de entrar en Italia. La historia de desesperación, desconsuelo imponderable e injusticia golpea el pecho con la fuerza de la literatura y precisamente a través de ella, golpea doble, al saber que son historias que se repiten una y otra vez en diferentes puntos del mundo.


Estas historias no sólo reiteran la tragedia personal de quienes probablemente morirán en el camino, sin nombre ni tumba, sino que recuerdan lo lejos que está aún la humanidad de aceptarse así misma y de entender que sólo la consideración igualitaria nos podría convertir en una especie que merezca sobrevivir.



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Una bella canción de Ismael Lo:



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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

sábado, 30 de noviembre de 2013

Singapur y nosotros los piratas




En la biblioteca del Liceo de Puriscal encontré, hace ya muchos años, mi primer libro de Emilio Salgari. Ese mismo año había leído Marcos Ramirez , esa inolvidable novela épica costarricense, y Marcos, el protagonista, era un lector empedernido de Salgari, seguidor del Corsario Negro y de Sandokán.

Este último me guió durante muchos años por los mares de Indonesia, Singapur y Mompracén. La mítica isla pirata, refugio de los forajidos enamorados, que podían viajar miles de kilómetros para  encontrarla a ella. Precisamente el amor de Sandokán por “la perla de Labuán" me llenó el pecho de ansias, deseos de aventura, de mares ajenos y de ojos esperanzadores. Consumí esos libros en aquellas bibliotecas, que fueron los primeros puertos que conocí. Puertos que igual comunicaban con un sueño, una aventura o una historia. 

Aterrizando en una madrugada de naranja violento pude ver el puerto y el estrecho de Singapur. Lleno de barcos a la espera. Colgando de la piel del mar, muchos estaban parados o lo que en el mar se puede llamar detenido, que no es sino un moverse siempre y poco en todas las direcciones. Pensé en los nombres que algún día me visitaron, con la alegre impunidad de las páginas de un libro: Mompracén, por supuesto, la isla de los piratas; Borneo, Indonesia, las Islas Romades…



Entonces recordé mis ansias y deudas de pirata y de marinero, que me han llegado siempre como un recuerdo Proustiano, de golpe, sin esperarlos, quitándome el aire y la sensación de tiempo:

La ciudad de Panamá, la de verdad, la que está en el sustrato de los rascacielos. Esa que se ve en los viejos balcones del casco viejo, que se resisten a la pintura y al decorado kitsch con que hoy le quieren dar un aire de Caribe sofisticado. La de los barcos que también esperan para llevar su carga por el mundo, mientras al lado, como si fuese García Marquez quien los mira, unas carabelas se bambolean en la noche sin tiempo. La ciudad  donde se puede sentir al pirata Morgan arrasando las calles o a los asesinos de verde olivo que destruyeron barrios y mataron a miles con aviones invisibles y proyectiles para las guerras del futuro.

La suave línea del Caribe, donde aparece de pronto la Ciudad de Portobelo. Otro recodo de piratas y comerciantes, que vive plácidamente del recuerdo, de las ferias donde confluyeron nuestro sur y norte, para llevárselo todo. Frente a la bahía muchos dicen que está el ataúd de Francis Drake, el pirata noble de la reina Isabel. Si uno mira fijamente ese mar parece que cualquier momento volverá a aparecer. Drake, el que quemó Rioacha y dio vida al pueblo condenado a Cien Años de Soledad.

El Atlántico en Cap Haitien, con la isla de la Tortuga al frente. El lugar mítico de tesoros y batallas, donde algún día el Corsario Negro planeó el ataque de Maracaibo, por amor a la hija del gobernador.

Caminando por Singapur
Cartagena de Indias, la Ciudad de Colón o Puerto la Cruz, en Venezuela. La poesía de Pablo Neruda, que decía “amo el amor de los marineros”. Sitios y poemas que esconden historias, para uso exclusivo de quien no le tiene miedo a la ilusión o a la utopía.

Cuando llegué a Singapur me quedé esperando a mi amigo y colega, Nuno de Castro. Un portugués trotamundos con quien saldría en unas horas para otra isla llena de historia, Timor Oriental. Entonces recordé al lugarteniente y mejor amigo de Sandokán: Yánez, el portugués, prototipo de pirata y héroe sin continencia. Así que, acompañado de la casualidad, muchas veces urdida, más que encontrada, el portugués y yo nos fuimos por el mar de los piratas.


Como casi siempre, una de Serrat:






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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis







¿Futura lectora de novelas de piratas?


domingo, 27 de octubre de 2013

Luanda 2013: avatares de la modernidad


La primera vez que vine a Luanda, allá por el 2004, me impactó la contradicción. Una ciudad en la que sobrevivía un reciente pasado colonial, teñido de rosa pastel y de la nostalgia de Lisboa, con una estructura urbana colapsada por confusión y la basura. Recuerdo verdades montañas desechos que competían en altura con los edificios. No hacía mucho había terminado la guerra y la ciudad sufría sus consecuencias en carne viva. El flujo del campo a la ciudad, empujado brutalmente por el conflicto, había quintuplicado su capacidad de recibir y dar servicios. En aquella época, el edificio más alto y notorio era el de la transnacional De Beers, compañía extractora de diamantes.

Hoy, Luanda parece haber dejado muy atrás parte de ese pasado. La modernidad se ha instalado y se observan ya muchos de los beneficios de la vida urbana. La avenida marginal, en especial, muestra un cambio rotundo que ofrece, no solo un paisaje renovado y agradable, sino una oportunidad de espacio abierto y lúdico para su población.
La Ilha de Luanda, una hermosa flecha litoral que se interpone entre la suave curva de la bahía, el extremo del puerto en ebullición permanente y la ondulación uniforme del océano atlántico, pasó de ser una promesa para constituirse hoy en una avenida moderna, llena iluminada y construida con un claro sentido.

Indudablemente, es notorio como el precio de una modernidad tan rápidamente alcanzada, es la contradicción, el empuje y el traslado involuntario, a costos elevadísimos, tanto en términos de indemnizaciones como de la aceptación por parte de los niveles populares de
perder sus antiguos espacios.

Por ejemplo, el barrio de Xinaxixe, antes populoso – y popular – hoy alberga ya grandes edificios de cristales ahumados o luminosos – y pronto contará con uno de los mall más modernos del continente. Donde estaba antes la confusión y una serie de comunidades marginales, hoy se asientan bancos y otros símbolos del poder global. Este traslado de las condiciones marginales, aunque supuestamente mejorado en términos de alguna infraestructura, no deja de ser sujeto de muchos cuestionamientos. De igual forma, la salida de decenas de pequeños bohíos, alojados a lo largo de la versión anterior de la Ilha, levanta la pregunta de para quien se hacen los cambios.

La influencia del capital internacional, la explosión de precios y de actividad económica generada por la bonanza petrolífera y la enigmática y abrumadora presencia china en el país y la ciudad, son temas que se cruzan y requieren analizarse para poder entender lo que está ocurriendo aquí.

En fin, una primera impresión de esta Luanda que vengo visitando hace más de una década, me deja aún con muchas preguntas, impactado un poco por la brutalidad del cambio y por qué no, por el entusiasmo de ver una ciudad viva decantándose, buscando su nueva identidad y estableciéndose hoy como un “inconturnable” referente del nuevo urbanismo africano.









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Luis Rolando Durán Vargas
®América Latuanis
rolandodv@mac.com



Algunas fotos del primer día de visita.







jueves, 10 de octubre de 2013

En la Isla del Fuego


Vista de la Ilha do Fogo, volando desde la Isla de Santiago

Islas. Pedazos de tierra que se pierden entre la bruma y el mar. No importa el tamaño, ni la distancia entre ellas. Hay algo de telúrico siempre presente. Parecen estar en movimiento, como si de verdad estuvieran flotando y a la deriva. Balsas de piedra, como dijo Saramago.

Muchas veces usamos este término de forma despectiva, como un sinónimo de incomunicación o de falta de integración con lo que circunda. Sin embargo, la sensación real que me dan las islas, y sobre todo un archipiélago, es de inminencia, de proximidad aparentemente discontinua, pero entrelazado por tejidos que se ven en la tenue ondulación del mar, o en la borrasca que las difumina cuando se miran desde lejos.

Cabo Verde es precisamente un archipiélago, con islas que parecen agarradas de la punta de los dedos. Estoy ahora en la Isla de Santiago, pero estuve antes en otra. En la Isla del Fuego. Una impresionante  montaña que combina los tonos verdes y oscuros que distinguen esta región, con el paisaje desoladamente hermoso de lavas y rocas volcánicas.


En la cima del Volcán de Fuego está Chã das Caldeiras. Una comunidad pequeña que se encuentra asentada adentro del cráter antiguo del volcán. A solo unos metros del cono que explotó en 1995. Para salir de la comunidad es preciso cruzar la colada de lava, una bella y sinuosa formación interrumpida por el camino, que parece una anaconda gigantesca, de un azul titanio.


Uno diría que la lava es un recuerdo o una señal de la inminencia, del peligro real, ya manifiesto. Sin embargo, con solo levantar la vista se ve el pequeño cono, con la punta destruida, rota por la explosión de hace menos de veinte años. Las tonalidades violentas de rojo y naranja no se arredran frente a la rotunda presencia del cono principal.



La pregunta cajón es porqué las personas eligen estar en riesgo, por qué si se dan opciones no salen y prefieren volver o quedarse. Es el tipo de preguntas que viene de la visión cuadrada, que simplifica las cosas, que enfoca una parte de la realidad, como si una comunidad o una familia pudiera sectorizar los problemas y actuar por partes: hoy estamos seguros y talvez mañana comemos.

En el Volcán de Fuego la gente tiene un sentido de comunidad. Están ahí hace doscientos años, explica Alexandre Rodrigues , Director del Parque Nacional.  Siembran papas, camote, frijoles y otro tipo de productos, en el suelo volcánico caliente y arenoso. El vino de Chã das Caldeiras también es famoso. 

"Ellos consideran que el volcán es su amigo, que les protege" dice Rodrigues. La gente ríe cuando escucha esto, y surge la palabra mito, creencia, la “vulnerabilidad ideológica”. Esos lugares seguros que usamos tanto, para caerle encima a las visiones propias, a las relaciones construidas entre la gente y la naturaleza a través de los años, de la observación, de la vivencia. Muchas veces es verdad que la creencia es errada, y que puede acrecentar el riesgo de una comunidad. Pero la descalificación arrogante de una forma de sentir no es un buen camino, sobre todo para quienes nos aparecemos un rato y volvemos después a la comodidad de las estructuras fijas.

Yo nací en el 63, como la mayoría de mi generación. El año en que las cenizas del Volcán Irazú cubrieron buena parte de San José, Alajuela, Heredia y Cartago. No sé si es por esa razón romántica, pero siento una atracción especial por los volcanes. Me gusta observarlos y pensar lo que pasa ahí adentro. En como la tierra, adicta a los ciclos, consume continentes para devolver islas, y planicies y colinas que descansan después, cargadas de minerales buenos.

Cuando escucho decir que el Volcán es un amigo y que les protege, me identifico con eso. Porque la naturaleza es sustento y oportunidad. Porque la piel que llevábamos no es más que un limite temporal y la distancia entre nosotros y lo que nos rodea está más en la cabeza, en el razonamiento que quiere cortar las cuerdas y aislarnos, con el prurito de la protección, de la seguridad y la civilización.

En la escuela de Chã das Caldeiras los niños aprenden sobre el Volcán y sobre la vida. Y yo me pregunto que debemos explicar, cual es el mensaje verdaderamente necesario, para que la vida siga y mejore, sin tener que romper necesariamente con su origen. Con su forma de vivir y soñar.










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Luis Rolando Durán Vargas 
América Latuanis