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sábado, 6 de junio de 2015

Persiguiendo el agua


La ciudad de Beira, provincia de Sofala

La ciudad de Beira, en Mozambique, por donde el río Zambezi suelta las aguas que recogió en un largo itinerario de 6 países, miles de kilómetros, cataratas y cocodrilos, tenía gravísimos problemas de inundaciones y anegamientos. Como resultado de los conflictos armados por la independencia, la ciudad se había vuelto un caos y todos los planos de su construcción y estructura se habían perdido. Cada cierto tiempo, las aguas volvían a pasar, arrasando solares y miserias, llevándole al mar lo que él nunca había pedido. Así, como Beira, miles de ciudades, han cubierto de cemento la respiración del suelo, calentando el aire y cerrando los minúsculos sumideros cuya función ha sido la de infiltrar lentamente las aguas.
Inundación urbana

Hace unos años, el presidente municipal de Beira1 decidió que era hora de controlar esas inundaciones, inventadas por el caos político, la dinámica urbana y la exclusión social. El problema era la falta de mapas o planos para ubicar los desagües diseñados en la construcción de la ciudad. Entonces, alguien salió con la idea de observar el comportamiento del agua: cada vez que lloviera, la comunidad debía salir a mirar donde entraba y donde salía. Cientos de personas corretearon el agua, para redibujar sus caminos.

Caminos del agua, rutas impredecibles y caprichosas, para algunos,  motivo de aprendizaje y planeamiento para otros. Los antiguos egipcios lograron comprender desde temprano los caminos del agua, y por eso fueron capaces de aprovechar las crecidas del río Nilo y crear una civilización sobre el desierto. En nuestra engañosa modernidad global, aún con la silenciosa mirada de los satélites, que escudriñan hasta las intenciones,  en nuestro día a día observamos sequías violentas, con una tierra quebrada y macilenta, donde solo ayer hubo lagunas e inundaciones. El ciclo, extensivamente anunciado, da la vuelta y poco tiempo después, donde estuvo seco vendrán las aguas y habrá destrucción, las plantaciones y las personas se ahogan y la política invocará lo fortuito y lo natural para esconder la sordera que caracteriza la forma en que se administran los territorios.

Sequía en el norte de Brasil

Como el alcalde de Beira, quizás habría que salir a perseguir el agua, para entenderla y respetarla, para planificar con sabiduría.

Estando de nuevo en la Província de Cunene, en Angola, y por primera vez en la provincia desértica de Namibe, observo los resultados de una sequía que lleva ya casi cinco años. Miles de personas afectadas, han visto su ganado morir, y el aumento de su fragilidad. Parece un desastre nuevo, pero es un desastre viejo. Las causas son las mismas, o parecidas. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima con ella misma.

Provincia de Namibe, los efectos de una sequía de 4 años son evidentes
En Namibe, la Laguna de los Arcos, se puede caminar. Los letreros que dicen “prohibido nadar” atestiguan una situación que primero da risa, cuando se observa la tierra rota y seca y el polvo y la arena flotando en un aire cargado, con un calor que corta la respiración y una sequedad que deshidrata aceleradamente. Después, se siente el dolor en la piel, al saber que ese rótulo en realidad atestigua la falta de planificación, la incapacidad de manejar bien lo que ya estaba avisado. 

 Esto es hoy el sur de Angola, con una desertificación peregrina, pero también lo es, aunque en otra escala, en una vasta cantidad de países en desarrollo. 

"Prohibido nadar"


La laguna de los arcos, desesperadamente seca. Entre los arbustos, poblaciones nómadas, acostumbradas a la disponibilidad de agua en los pozos de la zona, hoy deben ser atendidas, con agua y alimentos


Hoy con el Fenómeno del Niño otra vez tocando la puerta uno se pregunta ¿quién habrá tomado ya sus decisiones? ¿quién previó que vendrían tiempos de falta o de exceso de agua, y quien se preparó?. ¿Será que el agua que anegó y creo inundaciones se pudo conservar, será que encontramos la forma de reponer la capacidad de retención e infiltración en los suelos?. ¿Será que el maíz, la yuca, el massango o la massambala, resistirán la próxima vez, para poderse convertir en alimento? Experiencias en Centroamérica2 muestran que es posible entender el ciclo del agua y prepararse para enfrentar la variabilidad y el cambio del clima, aumentando la resiliencia de algunas actividades y regiones.

Las duras lecciones de la sequía en Africa deberían alimentar la experiencia en América Latina. Para mirarnos en ese espejo, para reconocer las similitudes y las ventajas, para compartir y aprender juntos
Cunene, en Angola. Zona permanentemente afectada por la sequía

El desafío es mayor. Hoy, después de décadas de promoción e inversión, el conocimiento básico del problema, aún a nivel de las causas físicas (amenazas) está lejos de alcanzar un nivel adecuado. Al margen del tamaño o el producto interno bruto de los países en desarrollo, el conocimiento del riesgo no parece alcanzar para mejorar sustancial y duraderamente la percepción y reconocimiento del problema.

Entonces, me planteo algunas preguntas:

¿Cuales son los procesos o mecanismos reales que permitirán comprender la dinámica natural del agua, en espacios y territorios donde la información tradicional no es sistematizada y la información científica prácticamente no existe? En unas regiones la escasez de datos es apremiante y no se encuentra siquiera a escalas generales, qué decir de la información de sitio, necesaria para la planificación y acción entre actores locales. Aquí se encuentra, todavía hoy, uno de los grandes desafíos para la gestión del riesgo.

Por otra parte, ¿que tanto conocemos los procesos de la gobernanza? ¿Cuando comprenderemos que no basta con decir que los políticos no entienden, o que no hay “voluntad política” para cambiar, o que simplemente no se puede? Es imprescindible comprender como funciona la política, más allá de los discursos populares, que se convierten en “tendencias” en la red social, pero que no contribuyen en nada a resolver las necesidades de unas poblaciones cada vez más frágiles y menos resilientes. La acción requiere una inteligencia fundamental, la del diálogo y el entendimiento, la de la valoración mesurada de las opciones. 

Si no entendemos las presiones diarias del alcalde, sus opciones y limitaciones,  si no sabemos como se identifican y financian los proyectos de inversión pública, si no tenemos claras las competencias institucionales, los períodos y la misma burocracia que los podría hacer viables, si venimos con soluciones técnicamente impecables, pero administrativamente inviables, estaremos contribuyendo con el problema y no con su solución. 

No basta con perseguir el agua.


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Turin, Italia. Junio 2015

Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis


1. Esta historia me la contó una colega moçambicana. En Beira y otras regiones de Mozambique se han instalado exitosos sistemas de alerta temprana.

2. El Foro del Clima y el Foro de las Aplicaciones, son excelentes contribuciones al conocimiento del problema en Centroamérica y en muchas ocaciones han logrado alimentar verdaderos procesos preventivos de toma de decisiones. http://recursoshidricos.org

domingo, 22 de diciembre de 2013

Nasca: naturaleza y cultura dibujantes


En la pampa desértica de Nasca, desde que uno sale de los cortes a plomo de la cerros costeños, se observa un enrevesado paisaje de colores y formas. Hay unos cerros de rojo violento que parecen islas cromáticas, contrastando con el suelo blanco de arena, donde el sílice pone a brillar una red dendítrica de drenajes que se cruzan entre ellos mismos. Miles de hilos donde algún día pasó el agua y marcó senderos, más viejos que cualquier civilización.

Circulando por la Panamericana se puede observar claramente la cordillera costeña, paralela al rumbo de la carretera. Una cordillera seca y rocosa, que impide la llegada al mar de la gran mayoría de drenajes que viene de la sierra húmeda y constituye una sombra de lluvia. Como una ancha espalda que descarga en su orografía el aire húmedo, y deja pasar un viento seco, que solo arrastra con él los residuos de cenizas volcánicas que ayudan aún más a secar las llanuras de Ica y Nazca: la pampa que se derrama en el mar con una vocación de mistisismo y lentitud. Solo el río Grande de Nasca se escapa y discurre a lo largo de la planicie aluvial, sembrando el valle de verde sandía, verde cactus y tuna, verde palta o aguacate, ver frijol, verde esperanza y verde sueños.
La sierra árida y el valle lleno de verde


En este mapa de formas naturales, hace dos mil años, la cultura Nasca dibujó el desierto y sacó de sus entrañas de arena y roca una historia que solo ha podido ser contada con la paciencia de los años, en un periodo largo de incertidumbre que aún no ha terminado. Nombres importantes, como Toribio Mejía Xesspe, arqueólogo peruano que desencadenó el interés científico por los símbolos de la llanura o María Reiche, un ícono de la ciencia y el respeto por el desarrollo científico de los antepasados, y muchas otras personas o instituciones que han ayudado a desentrañar una historia que no es exclusiva de esta zona de aridez alucinante, sino de toda la humanidad y su búsqueda inacabable por entender y resonar con la naturaleza que le alberga.

Vine a Nasca en un viaje maquinado por Melissa y mi familia Allemant y Mongilardi. Con la ayuda de Giuliana, hija irrenunciable de Nasca y su historia reciente, pude ver esta ciudad desde adentro, desde lo cotidiano del patio solariego, del conflicto por la tierra, de la calidez del valle proveedor que se quedó en la fotografía de familia; desde la historia que circunda con risas y tragedias; desde lo que Milton Santos llamó rugosidades, pedazos de recuerdo que se quedan en el territorio, como remembranza, como trozo de realidad grabado entre calles, patios y cochas para el regadío.

Con Melissa volamos sobre las líneas de Nasca, y ahí todo fue inmenso. Figuras antropomorfas, recostadas en una loma o descansando sin tiempo sobre la pampa. Los cerros rojos y negros, llenos de hierro y de minerales que se mezclaron cuando la tierra se levantó en los lejanos tiempos del cuaternario. Cerros esparcidos y rotos por el martilleo del viento y del tiempo. Los chorros de arena y material volcánico bajando por las estribaciones, con sus huellas de aluvión, pintando de blanco los ribetes de las rocas y la ancha extensión de la pampa.




Filigranas de la naturaleza, presagian la aparición de las formas humanas y animales


Un colibrí, un mono, un trapecio, un pez, una línea recta rompiendo los dibujos humanos y naturales. Hasta ahí se puede ver el conflicto por el espacio, las imposiciones de una cultura sobre otra, el respeto o el desprecio por lo natural. La cultura geométrica y lineal que ganó la batalla y cruzó con rectángulos y trapecios sobre la belleza naturalista, la carretera que corta, como un latigazo de desprecio moderno, la cola de una lagartija de 180 metros.

Colibrí, recostado en una meseta

Araña, el animal que avisa la llegada de lluvia y buenos tiempos


El valle, verde y poblado, donde la lucha de hoy, al igual que hace 2000 años, sigue siendo por el agua. Los Nascas supieron traerla de la sierra, en una impresionante obra de ingenieria: los puquios. Una red de canales o pozos horizontales que manejan milimetricamente la gravedad, para llevar el agua a los depósitos (cochas) y de ahí garantizar el regadío y el consumo humano. La civilización de hoy, con la tecnología solitaria y excluyente, no ha logrado resolver, y miles de pozos extraen, sin plan ni concierto, las reservas del acuífero.

Bajando por la espiral del puquio



Los atardeceres de Nasca son violentos, sin término medio. El sol desparrama rojos y naranjas sobre el celeste reverberante de este desierto, lleno de sabiduría, de ejemplo, de esfuerzo y belleza. 


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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis













miércoles, 5 de septiembre de 2007

Relatórios de viaje: América del Sur

¡aquí abajo, cerca de las raíces, hay hombres  y mujeres que saben a qué asirse!
Joan Manuel Serrat


Sol de Alto Perú 
rostro Bolivia, estaño y soledad 
un verde Brasil besa a mi Chile cobre y mineral 

subo desde el sur hacia la entraña América y total 
pura raíz de un grito 
destinado a crecer y a estallar

Armando Tejada Gómez


Fecha: 17 de julio de 2016
Ruta: Santiago – Lima


Hace unos 200 millones de años Gondwana se separó de Laurasia, y desde entonces tenemos el sur. Tierra rebelde que se aleja, por deriva continental, tectónica de placas, o putiasón pura y dura. Ese sur reciente navegó por milenios en un mar triásico, nuevito, sin tiburones ni trasatlánticos. En el camino se dividió: África se fue por un lado y Sudamérica por el otro y desde entonces se andan buscando, con ganas de volver a ser uno. Pero, ni  la discontinuidad de las rocas y los arrecifes, ni la zanja marina que  se creó, lograron romper la vieja cercanía, y las historias se juntaron siempre. 

Si uno se para en la playa brasileña de Recife y mira bien hacia el horizonte, en algún vértice probable se topará con la mirada de un angolano, sentado en la Ilha de Luanda, mirando al mar que los separa hoy. En las tierras del África Austral, como Angola, Namibia, Moçambique o Madagascar se encuentra el Imbondeiro o Baobab, un árbol emblemático de grueso tronco y pequeñas ramas, estiradas como dedos,  mientras un primo cercano adorna el seco paisaje de este lado: árbol borracho lo llaman en Paraguay y toboroche en Bolivia. 

América del Sur comienza en donde termina el arco sur de las Antillas Menores y en el tapón del Darién.  Allá, por donde nacen año a año los huracanes del Gran Caribe. Las tormentas, para su bien, se  van al norte. O se iban. El Río de la Plata fue anfitrión sorprendido de un ciclón extratropical que quizás tenía demasiado frío y trajo vientos de huracán a la placidez atlántica del delta y dejó grandes pérdidas en Uruguay.

Variedad y extensión, palabras clave para este lado del mundo: La extensa soledad del llano en Venezuela y Colombia – donde algún despistado calificó de barbarie la impune alegría de los llaneros y de civilización las cercas de alambre y el corral. La casi perenne humedad amazónica de la selva brasileña, peruana y boliviana. Los extremos climáticos del seco y caliente Atacama, de la seca y fría Patagonia y del seco y olvidado Gran Chaco.  Las cumbres andinas donde Quito y La Paz imponen su terca vocación urbana y la gélida lejanía de la Tierra del Fuego.

Extremos. Las poblaciones indígenas originarias se siguen hundiendo en los resabios de lo arrebatado, ocupando los suelos que nadie quiere, trashumando entre la incomprensión y el olvido. Puede ser la confrontación contra el avance depredador de la soya, que hacen los indígenas Xavante en el Mato Grosso, la resistencia de los Chorotes o los Calchaquí en Argentina, la combativa rabia de los Mapuches en Chile, o la costumbre nómada de los indígenas del Chaco, que cazan y recolectan sin que nadie sepa de donde vienen o para donde van. Mientras tanto, los grandes empresarios de la soya o la madera siguen devorando tierras, recursos naturales y posibilidades. Igual da si es la cuenca del Amazonas o la del Río de la Plata. El viejo Bush invierte en Chile, para sacar hasta el último palmo de mineral vendible, sin que se haga mucho al respecto. Los capitales van y vienen, sin pasaporte y la América Latina se destaca por la vergüenza de una brecha social sin parangón en el mundo.
El Chocó, Colombia



Extremos, que curioso: Surámerica tiene también la mayor humedad y la mayor sequedad del pla
Desierto de Atacama, Chile
neta, en el Chocó colombiano  y el Atacama chileno.



Extremos, altitudes y hondonadas. Cuando hace buen tiempo, las nieves del Chimborazo se miran nítidas. El cono perfecto del volcán le da una luz especial a Quito. Generalmente, cuando se aparece entre la neblina, también se miran otros de los volcanes nevados que pululan por la tierra Ecuatoriana. El Cotopaxi es precisamente el volcán activo más alto del mundo. Las hondonadas hacen de Quito una ciudad que invita a la fantasía, como una Rivendel altiplánica, sin elfos, claro está pero con nieblas de advección que se quedan en el fondo del valle y hacen que uno se sienta para arriba de las nubes. Los casi 3.000 metros de altitud que tiene la ciudad se pueden sentir en toda parte, no solo en el aire que falta o el mareo que se mete poco a poco, sino en el vértigo de andar siempre por el filo, al borde de algo. 

Extremos, entre mar y desierto. En Lima el océano pacífico se le viene a uno encima. La ciudad mira al mar, embelezada, como un leming frustrado que no ha logrado el chapuzón. Pero también se va al desierto, invade las zonas secas. Lima, después del Cairo, es la segunda ciudad más grande ubicada en un desierto. Aquí nunca llueve. Las casas tienen el techo plano, con una especie de resignación silenciosa, de hecho cumplido, de ansias olvidadas. El agua no viene del cielo. Los huaycos (llocllas en quechua), avalanchas de lodo que matan a tanta gente, bajan por el Rimac, llevándose casas, cultivos y carreteras. Los trae el río cada cierto tiempo, talvez impuntual, pero siempre seguro.
La ciudad de Lima

Extremos, la sed acechando sobre una tierra donde sobra el agua. La violenta exclusión y el saqueo de tantos años envían a indígenas y campesinos bolivianos hacia el Chaco. Allá se encuentran con que nada de lo que saben sembrar o criar se logra sin el agua. En los periodos secos se les muere el poco ganado a unos pasos de donde hubo agua. La desertificación avanza en Chile, inexorablemente. Al suelo se lo lleva el viento. Igual en la Argentina y en el norte de Brasil, supuestamente húmedo. Pero el acuífero guaraní, que comparten Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, es el más grande del mundo y puede abastecer de agua a la población mundial por 200 años. 

Extremos, finalmente. Estamos en el segundo lustro del siglo XXI y los mismos de siempre hibernan en el poder, mientras en algunas partes los-que-nunca-ganan se comenzaban a acercar: Evo Morales, apoyado por los olvidados, nacionalizaba el gas, y el petróleo. Ahora en Bolivia solo hay límites cardinales, sus pies ya no limitan con España, Estados Unidos o Brasil. Chile, por el contrario, cedía con Pascua Lama y la transnacional Barrick Gold, y su viejo fantasma de los metales volvía a aparecer desde el fondo de las pesadillas. En Brasil, mientras los ricos siguen, descuidados, haciendo plata, una arquitectura social  se consolida y le cruza la cerca a la perfecta estructura de control de los recursos del Estado. En Perú, Allan García lograba regresar, divorciado completamente del  discurso social que lo había hecho presidente, y estableciendo alianzas con la derecha regional, encabezaba por el colombiano Álvaro Uribe.

Pero ... el sur existe, lo dijo Serrat, con su esperanza dura y su fe veterana.

Me despido de mi periplo por este sur que tanto duele, pero que tanto da, y que mejor que recordando este poema de Nicomedes Santacruz.




Mi cuate 
        Mi socio
                 Mi hermano
Aparcero
        Camarado 
                 Compañero
Mi pata 
        M´hijito
                 Paisano...
He aquí mis vecinos.
He aquí mis hermanos.
Las mismas caras latinoamericanas 
de cualquier punto de America Latina:
Indoblanquinegros 
Blanquinegrindios 
Y negrindoblancos

Rubias bembonas 
Indios barbudos 
Y negros lacios

Todos se quejan:
—¡Ah, si en mi país 
no hubiese tanta política...! 
—¡Ah, si en mi país 
no hubiera gente paleolítica...! 
—¡Ah, si en mi país 
no hubiese militarismo, 
ni oligarquía 
ni chauvinismo 
ni burocracia 
ni hipocresía 
ni clerecía 
ni antropofagia... 
—¡Ah, si en mi país...


Alguien pregunta de dónde soy 
(Yo no respondo lo siguiente):
Nací cerca del Cuzco 
admiro a Puebla 
me inspira el ron de las Antillas 
canto con voz argentina 
creo en Santa Rosa de Lima 
y en los orishás de Bahía.
Yo no coloreé mi Continente 
ni pinté verde a Brasil 
amarillo Perú 
roja Bolivia.
Yo no tracé líneas territoriales 
separando al hermano del hermano.

Poso la frente sobre Río Grande 
me afirmo pétreo sobre el Cabo de Hornos 
hundo mi brazo izquierdo en el Pacífico 
y sumerjo mi diestra en el Atlántico.

Por las costas de oriente y occidente 
doscientas millas entro a cada Océano 
sumerjo mano y mano 
y así me aferro a nuestro Continente 
en un abrazo Latinoamericano.

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Luis Rolando Durán
América Latuanis



sábado, 21 de julio de 2007

Relatórios de viaje: de Buenos Aires y otras yerbas




Fecha: 26 de junio de 2006
Ruta: Asunción – Buenos Aires

Que va uno a decir de Buenos Aires, después de haberse ahogado con Cortázar en el Subte, de haber llorado con Sabina en el río de la Plata, o esperado con Gardel volverla a ver, antes aún de haberla conocido.

Algunos dicen que es el París de América. Yo no sé. Me caen mal esas comparaciones y les entro con disgusto. Paris se me parece a Paris y Buenos Aires, por dicha, a Buenos Aires. No recuerdo haber visto nunca en Paris a la gente caminando con un termo para el mate, menos con el fervor desentendido con que hacen aquí esas cosas. Tampoco he sentido el olor a carbón que comienza a salir desde temprano en la mañana, ni el chillido de la carne cuando toca los fierros de la parrilla, con el ánimo atento.

Claro, Buenos Aires tiene edificios majestuosos y es generosa con los espacios. Con el futbol (me ha tocado ver a Argentina jugando por octavos de final), la gente los ocupa, los llena, los inunda. Y saltan, desde que comienza el partido, hasta como dos días después. Después del partido, donde tuvieron la suerte de ganarle a México, la gente deambuló toda la noche, montó una rumba, el mundo se derritió, los problemas se acabaron. Nada pudieron ni el frío ni la garúa.  En la madrugada la calle se confundió entre taxistas que recién entraban al laburo, prostitutas trashumantes que peinaban las calles en busca de aficionados a cualquier deporte, con la guita suficiente para dar calor, y aficionados enronquecidos tocando cornetas y abrazando los postes de vez en cuando, para recordar donde quedaba el suelo.

Muchas cosas se quedaron momentáneamente en el olvido. Como las grandes disparidades que siguen caracterizando este país. Argentina tiene una agencia espacial, después de Brasil la más avanzada de América Latina. En pocos meses tendrán seis nuevos satélites en órbita. En situaciones especiales tienen capacidad de reenfocarlos y escudriñar con precisión de hasta un metro la superficie nacional y partes de Uruguay, Chile y Paraguay. El nuevo sistema utilizará con mayor intensidad las tecnologías de radar e infrarrojo y permitirán ver algo que siempre han soñado los ángeles: que es lo que pasa debajo de las nubes!

Precisamente, debajo de las nubes, cuando pasa la sudestada o cuando los otros vientos del sur levantan la humedad, el borroso brillo del neón en Buenos Aires se cubre de gris, y en la “mesopotamia argentina” por donde bajan los ríos Paraná y el Uruguay, la lluvia inunda. Contundente, sin miramientos, sin esperar a que los satélites y los políticos se pongan de acuerdo. Cerca de ahí, el 29 abril del 2003, se inundó Santa Fe. Esta ciudad – otra mesopotamia, sin nomenclatura – está flanqueada por el río Salado y el Paraná. Todo el mundo estaba esperando un desborde del Paraná, para el cual ya habían diques y otras obras, pero nadie le puso atención al río que tenían a su espalda. 100.000 personas tuvieron que salir huyendo, los que pudieron. Un tramo nunca terminado del dique permitió la entrada del agua, y después, las viejas obras de protección no la dejaron salir. Una cuarta parte de la ciudad quedó anegada, y hubo que dinamitar los diques para que saliera. Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina debió pedir asistencia internacional humanitaria. Los satélites ya lo sabían.

Una investigadora (Ofelia Tujchneider) relata: No teníamos datos hidrológicos, ni programas de monitoreo, las obras de defensa estaban inconclusas pero aún así se asumió una situación de seguridad inexistente,  carecemos de regulaciones, control y planes de contingencia.

Algunos estudios de la época, como el de indicadores de Riesgo y Gestión del riesgo, elaborado por el BID y la Universidad Nacional de Colombia, muestran como el Indice de Vulnerabilidad Prevalente se ha reducido en la mayoría de países de la región, excepto en la Argentina, donde ha aumentado significativamente.

La falta de resilencia de las comunidades y un bajo nivel de capacidad institucional para manejar el riesgo aparecen entre las explicaciones determinantes (por ejemplo, el 72% de los hospitales o no tiene o no practica planes de contingencia y el 80% no tiene estudios de su vulnerabilidad estructural).

En la Cruz Roja Argentina se hablaba de un 35% de la población bajo el nivel de indigencia. El PNUD indica que la población viviendo bajo la línea de pobreza extrema aumentó más del triple entre 2000 y 2003. De la Patagonia para abajo, los impactos de las heladas y tormentas de nieve, casi no se pueden cuantificar. Personal en la cancillería argentina de entonces manifestaba, sin ambages: ¡sabemos que muchos indios son afectados, pero no sabemos cuantos!

Como dijo Sabina, sobran los motivos!

Estar ahí, atestiguando la desidia y el impacto de los desastres concentrados en quienes menos tiene,  me hacía recordar aquella canción de Eduardo Falú que decía:


El islero siente resignadamente
que su pobre vida
queda acorralada como su ranchada
sobre un albardón,
su suerte está echada en esta anegada
soledad perdida,
en donde la lluvia de invierno diluvia
y la sudestada mantiene empacada
la furia inocente de la inundación.

Juanito Laguna, mirando la luna
que se hizo con agua
y las crestonadas que al norte en bandadas
emigrando van,
en su barro tierno de dolor eterno,
medroso presiente
que en aquel invierno vendrá la creciente
dejando sin rancho, desnuda la gente,
sembrando en las islas la devastación.



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Luis Rolando Durán
América Latuanis

lunes, 3 de julio de 2006

Relatórios de viaje: Chile entre los extremos y las paradojas



Fecha: 1 de julio de 2006
Ruta: Montevideo - Santiago


La libertad de moverse por la calle, de reír y llorar a la luz del día, sin tener que bajar la voz y mirar para todos lados, de llamar a cuentas a los que secuestraron tanto tiempo la esperanza ... todo estaba nuevo todavía, humeante, con virutas esparcidas por el piso. Claro, ¡Santiago de Chile! Es el mes de julio de 2006, llegué a Morandé 80 y era el final de mi propio camino de Santiago, con una emoción que todavía hoy, me hace temblar y cobijar remolinos. Me quedé un rato, imaginando cuantas veces salió Allende por esa puerta. Cuantas cosas iría pensando. Así comenzó mi relación con esta ciudad y probablemente así seguirá, con una mezcla de bronca, calor de hogar probable, incertidumbre y admiración.

Hoy, Santiago es la ciudad con mayor conectividad de América Latina, su red vial no se sonroja frente a ninguna ciudad del mundo industrializado. En algunos sectores – los altos por supuesto – hay una proliferación de edificaciones de lujo forradas en vidrio. Su aire glacial haría recapacitar a José Arcadio Buendía si no sería Santiago la ciudad de los espejos con la que había soñado. 

Estando en Chile, no se puede evitar hablar de cifras. En algunos estratos de esta sociedad el hábito de comparar, de buscar el ránking, de ver cuán lejos están hoy de la América Latina  - o de ellos mismos – compite con el futbol como deporte más popular. Entonces, los periódicos del día nos informan que  Santiago es la ciudad con el mejor clima de negocios en la América Latina, y Chile está por encima de Francia e Italia en cantidad de páginas WEB en funcionamiento. En una plaza de Providencia mi computadora se vuelve loca, con la cantidad de señales de WiFi que me invitan a sumergirme en la internet. Sin embargo, el 50% de los chilenos se siente excluido de estas nuevas tecnologías y el estudio más reciente del PNUD concluye que el mayor acceso a estás áreas del progreso no establece ninguna garantía de éxito en el camino al desarrollo humano. 

Siguiendo con la estadística, el índice de desarrollo humano de la comunas de Chile, al 2004, mostraba una alza general. Una página entera de un diario me explica como el 38% de los chilenos tiene sobrepeso y el 22% obesidad y que el promedio de índice de masa corporal es de 28, cuando 25 es lo normal. Santiago, según Mercer es la 3era ciudad más cara de Sudamérica y la 4ta de América Latina. Detrás de México, Sao Paulo y Río. Chile ocupa el primer lugar en Suramérica en consumo de marihuana, y eso, ahora estoy muy confundido, no sé si lo ponen como bueno o como malo.

Pero esto es un preludio. Rumbo a la oficina de emergencias del Ministerio del Interior, un taxista conversón, entrado en los 70, me llevaba por el Barrio (¿avenida?) 10 de Julio. Aquí – me dijo – fue  el barrio de tolerancia de Santiago, cuando todo esto era una aldea. Mire, hasta aquí llegaba la ciudad. Aquí quedaba el teatro Burlesque, po, querían imitar al Moulin Rouge, y de vez en cuando salían las minas a la puerta. Era rebonito. Ahora solo hay repuestos …como diez cuadras donde usted puede encontrar lo que sea, hasta de las marcas que no han inventado. Eso sí, no deje su auto, porque se queda solo con la pintura original! Que lata, po. Antes habían repuestos para el corazón, ahora puros fierros que no dan calorcito!

¿Por qué será tan fácil adoptar la nostalgia, endosar los recuerdos como si fueran también de uno? 

Después de ese tiempo para el asombro, el cariñito compartido y la nostalgia añeja de alguna mina y su promesa de amor, no quedó más que volver a la cordura, extraseca y sin hielo por favor, como dijo Benedetti. Seguimos nuestro camino para hablar de riesgo y desastres en las oficinas de gobierno. La cosa es así:

Chile es uno de los países con mejor capacidad para resistir los movimientos sísmicos. Y eso no es poco decir: en el siglo XX, el 50% de la energía sísmica liberada en el mundo (y dale con los porcentajes) fue en Chile. Como cuatro mil kilómetros de litoral, frente al Cinturón de Fuego del Pacífico es mucha exposición. Pero en Chile, cuando tiembla, no pasa mucho, nada de los 10 mil muertos que tuvo Mendoza, los 30 mil de Guatemala, los 10 mil de Managua, los 240.000 de China, los 100 mil de Pakistán o las 67,323 personas que el Gobierno militar del Perú determinó que se habían muerto en el sismo de Yungay (la cifra era mucho mayor, pero no había que dar a entender que las cosas andaban mal). 

En estos días, Santiago tiene un ritmo de construcción de 15 edificios por mes, y los hacen bien: Uno se queda con las ganas de mirar a través de un edificio en Santiago, haga la prueba. Se topará siempre con una pared que no admitió puertas, ni la más mínima ventana. Uno de los lados actuará siempre como un muro de gran resistencia a las aceleraciones sísmicas.

Sin embargo, la situación de este país, que no se cansa de los extremos, es bien jodida: 50 volcanes activos, con la más elemental de las vigilancias. Solo 5 vulcanólogos a cargo, utilizando microsismología nada más. Países como Nicaragua o Ecuador, sin los avances tecnológicos que abundan en Chile, tienen sistemas de monitoreo mucho más sofisticados. La mayoría de las áreas en riesgo son las olvidadas zonas indígenas, pero también sitios de importancia turística como Pucón y Villarrica o la ciudad de Concepción.

La Araucanía, con el “conflicto mapuche” siempre en vilo, está al desamparo prácticamente. Imposible avisar a tiempo, sobre estos fenómenos. Claro, al igual que en toda parte, los más “vulnerables” no lo son por casualidad. Siglos de exclusión no se saltan así no más. ¡No se los brinca un celular, ni los resuelve la telefonía IP! 

Un monitoreo desarticulado de los fenómenos naturales, donde la información se esconde y en el mejor de los casos se vende; combinado con grandes limitaciones, políticas y geográficas, resulta en una población escasamente preparada. Solo un 30% de los municipios tiene “alguna dinámica” en asuntos de reducción del riesgo y en su mayoría los esquemas son de papel. Veamos: la fosa sudamericana, frente a la costa chilena, tiene un tiempo de respuesta de tsunami de 5 minutos. La red sismológica chilena, con serias limitaciones técnicas aún no puede hacer triangulaciones eficientes para localizar rápidamente un sismo (se ha logrado densificar 10 veces sobre lo que había hace 5 años, gracias a que siempre aparece gente como Carlos Aranda, que igual hipnotiza una cobra chamullándole, que saca de tripas sismógrafos). 

En las actuales condiciones, si se genera un tsunami en esa zona, sería materialmente imposible avisarle a nadie. Otra cosa: de Rancuagua para el sur (600 kilómetros de costa) el incumplimiento de los controles de construcción a nivel de vivienda popular, la corrupción, el riesgo viejo ya construido, y la casi imposibilidad que tiene el estado chileno para supervisar la aplicación de las reglas a esta escala presenta escenarios de impacto sísmico que los expertos chilenos (de calidad mundial) describen con tristeza e impotencia.

En la Asociación nacional de municipios y en la Universidad de Chile me comentan que cuando se sale de los municipios urbanos, se encuentra con una situación comunal similar a la de Perú o Bolivia. La estructura del Estado Chileno, altamente centralizado y escasamente participativo, hasta el día de hoy, establece un curioso y muy especial balance de poderes y ejercicios territoriales. Mucho control a nivel de regiones y al otro lado de la calle una autonomía municipal atomizada, donde se acaba el control encorbatado del estado central. 

Existe una gran cantidad de municipios, con amplias responsabilidad sobre un territorio que no tienen capacidad de controlar y – mucho menos – de planificar para su desarrollo. Peor aún, un principio de subsidiariedad que se diluye en el circulo vicioso de la concesión: el gobierno traslada el riesgo y la responsabilidad a las empresas privadas, las empresas transfieren el riesgo a las aseguradoras y aplican a la cláusula de “fuerza mayor” que las exime del como, del porqué y sobre todo del quien paga. La factura, como siempre, le caerá al pobre usuario, según la información que nos dan ingenieros de la U de Chile. 

La cereza en el pastel, al tener un gobierno tan pequeño, en relación con la complejidad de la nación, se concesionan también los procesos de control – de la gestión pública ya privatizada – y el bien público termina discutiéndose entre actores – juez y parte – del sector privado.  Dato simple y contundente: un estudio del BID muestra que el 90% de los impactos de desastres en Chile son absorbidos por el 10% de los municipios. Una brutal acumulación del riesgo en una porción restringida de territorio.

Así, para acabar de cansar con este cuento, un país con grandes capacidades, muy exitosas en algunos planos, con una estructura estatal claramente orientada a los centros de poder (la ciudad capital, por supuesto) y unas estadísticas que invisibilizan con pulcritud las falencias... los pies de barro.


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Luis Rolando Durán
América Latuanis




viernes, 30 de junio de 2006

Relatórios de viaje: Montevideo, entre las brumas del río de la Plata



Fecha: 30 de junio de 2006
Ruta: Buenos Aires – Montevideo (Buquebus)


¡Que impresión más grande cuando se asoma Montevideo entre la bruma del río de la Plata! Pensé de inmediato en las Ramblas, en Ganapán y Buscavida los entrañables personaje de Eduardo Galeano en la Canción de Nosotros, y,  por supuesto sobre todo, en la sombra multiplicada de Laura Avellaneda, caminando por esas calles de soledad y nostalgia, declarando la tregua para todos los hombres capaces de vivir de amor mientras ella muere.

En la turbulencia perenne de la América del Sur, Uruguay pareciera querer pasar desapercibido. Bajo un halo de medianidad y equilibrio, de mar quieta. Se dan el lujo de tener a Onetti, a Galeano o a Benedetti, pero sus librerías no son ostentosas, no te tiran en la cara lo ignorante que sos, lo poco que has leído o todo lo que te falta para ser culto. Tienen muy buenos indicadores de salud, educación y calidad de vida, pero no parecieran vivir histéricos por las cifras, los porcentajes o las tendencias. Se percibe un cierto “caos tropical” que me hace sentirme en casa, cuando las disfuncionalidades se hacen evidentes lo miran con pasmo, con asombro ausente, como que no fuera de ahí. Pero las cosas así se quedan, se resuelven con una sonrisa y una palabra que parece conjurar todos los desaguisados: ¡bárbaro!

Montevideo, sin embargo, como todas las capitales de la América Latina, se caracteriza por tener una importante población en situación de pobreza. Esa gente que vive en la cota inferior de al estadística, y que muchas veces, “para reducir el error” se desaparece de la ecuación. Los cantegriles de Montevideo viven una situación de vulnerabilidad perenne. Un riesgo que se ha instalado en la vida de las personas y sus comunidades, desde la fundación misma. Llegaron con el riesgo al hombro, después, de pura casualidad, se han encontrado con un río, un deslizamiento, o una tierra huidiza que se les va por debajo de los pies.

En Uruguay no hay desastres. Eso dice todo el mundo. ¡Aquí como no pasa nada! Bueno, de no ser porque en el norte del Uruguay la sequía llegó, terca y perezosa, o porque el régimen de precipitaciones en otras partes del país se duplicó. Claro, tampoco hay desastres, porque las inundaciones que todos los años cobran vidas se dan en aquellas zonas de vulnerabilidad rampante pero invisible.

En el año 2005, un ciclón extratropical se apareció por el Uruguay. En instantes, el litoral del Río de la Plata se vio azotado por vientos de hasta 175 kilómetros por hora. La gente no recibió aviso, muchos dicen que los satélites se habían vuelto a mirar el Katrina y a Nueva Orléans. Otra vez, estos aparatos que deambulan como sonámbulos a 45.000 kilómetros de altura, aparecen como héroes y villanos de una historia en la que los protagonistas hacen mutis por el foro y los créditos finales se quedan vacíos. Uruguay enfrentó una situación que nunca habían tenido, ni en pesadillas, y otras vez, la realidad se presentó diciendo aquí estamos, y las cosas no andan bien. Después del agua y el viento, que dejó a tanta gente en la calle, los materiales que quedaron en el suelo se comenzaron a incendiar, y el verano también castigó, con los recuerdos del huracán. 

La cuenca del río de la Plata, es un escenario de gran belleza donde confluye la geografía y la historia de Argentina y Uruguay, y en general de este sur del mundo. En lo profundo del delta, Buenos Aires y Montevideo se miran y se reflejan. En el extremo, Punta del Este rasca el océano, con toda su modernidad y glamour. Río arriba, en el curso de agua que una vez fue pensado como la manera alternativa de penetrar en el Brasil de los conflictos coloniales, los conflictos continúan. La industria de la celulosa, en estos días que momentáneamente acapara el mundial de futbol: Argentina rechaza la instalación de fábricas contaminantes y Uruguay se impone, porque están de su lado de la cuenca. El MERCOSUR, con todo y sus ínfulas de región independiente, se tambalea con un “pequeñito” conflicto, cuya solución resbalosa se escapa de las manos. 
Cuenca del río de la Plata


Argentina reclama la contaminación posible, pero más arriba, el capital argentino siembra soja del lado uruguayo, ese oro vegetal que está asolando miles de hectáreas de suelo brasileño, paraguayo, boliviano y del Uruguay. Un cultivo que degrada, impermeabiliza y aumenta las inundaciones.

Uruguay es un país de  instituciones pequeñitas, altamente dependiente de su vecinos. La meteorología para el aeropuerto en Montevideo la hacen en Ezeiza los argentinos. La capacidad de gestión ambiental es reducida. 

Día a día avanzan la lluvia, la soya y la sequía. El riesgo crece mientras la población tan solo espera. 


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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis