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sábado, 1 de marzo de 2014

Migración y fronteras, la línea divisoria de los sueños.

Triple valla de Melilla que separa la ciudad autónoma de Marruecos.
Fotografía: J. Blasco de Avellaneda.

15 personas muertas en las costas españolas. “Subsaharianos” como dice la prensa, tratando de inmigrar a España. Ahogados, arañando con la punta de los pies el territorio soñado. Aunque al principio lo negaron, la policía les disparó balas de goma mientras se aproximaban nadando, "para disuadirlos". Pánico mortal, en una figura que se repite en muchas fronteras en el mundo.
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Rumbo a Angola, llegué al puesto de migración en Barajas, aeropuerto de Madrid. En menos de un minuto había cruzado la Frontera Española, y por tanto, la frontera europea Schengen. A mi lado, una pareja de sudamericanos no tenía tanta suerte. Evidentemente tenían un buen rato de estar explicando al oficial de migración las razones por las cuales llegaban a la " Madre patria". Probablemente mi pasaporte lleno de sellos y visas me sirvió de garantía de que no tenía interés de inmigrar y no me tocó ese calvario de preguntas tontas que debés responder con seriedad. Si bien los puertos de entrada en Europa no tienen ninguna comparación con lo que sucede en los Estados Unidos, o incluso en países más inesperados como México o Panamá, cada vez es más común encontrar este tipo de situación de este lado del Atlántico,  sobre todo en Portugal y España (Al menos en mi experiencia).

Una vez más, observar este tipo de situaciones me lleva reflexionar sobre la migración; sobre las promesas de una tierra nueva de oportunidades y éxito que ha deslumbrado o llenado de ilusiones a personas a lo largo y ancho de la historia y la geografía. Sobre las razones que llevan a tanta gente, de uno u otro origen, a jugarse todo para cruzar. Para cruzar el río, para cruzar el estrecho, para saltar un muro, para lanzarse a mar abierta o a desierto abierto, para meterse en el baúl de un carro o un camión cisterna y cruzar esa línea imaginaria al borde de la asfixia O bien perecer en ella, dejando atrás lo que se quiere, en su nombre.

Justamente el día que he llegado a España me encuentro con una serie de noticias sobre el enclave español insertado en el continente africano, donde también existe un muro del que se habla poco. No es tan famoso ni tan mediático como el muro israelita en Palestina o el muro gringo en la frontera con México. Pero es también un muro contra la humanidad, contra la necesidad de quienes un día fueron explotados y  colonizados y que hoy tienen la osadía de intentar ingresar - en una menor escala pero con apremiante necesidad - en el territorio sin permiso, tal como lo hicieron ellos hace algunos siglos y lo siguen haciendo hoy con formas más sofisticadas de utilizar el suelo que no les es propio y de sacar provecho de una población que solo les interesa lejos de sus fronteras.

Cientos de personas llegan diariamente a Ceuta y Melilla, territorio del continente africano, que le pertenece aún a España, para intentar saltar la valla que divide África con Europa. Para intentar patear la geografía política y romper con las fronteras encaramandose en esa pared de 6 metros de alto y cruzando el mar Mediterráneo sobre la frágil ilusión de una patera. La guardia civil española, guardiana de la sacrosanta integridad europea se las ve a palitos para parar las olas de inmigrantes que se juegan una suerte de lotería si logran caer al otro lado. 

Un reportaje de El Mundo (publicación digital 21/2/14) narra como John Tomsy, un joven sierraleonés, lleva cinco años varado en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), junto con más de 1000 personas. Su hijo de cuatro años nació en esa tierra sin nación. Al igual que cualquier cárcel del tercer mundo, el CETI esta superpoblado, a más del 300% de su capacidad original. Valga decir, para no caer una crítica unilateral desinformada, que es una situación que llena de angustia y presión tanto a los internos, como a la gente que se esfuerza por atenderles.

Hace poco, la guardia civil disparó a las personas que trataban de llegar a nado a la costa española de Ceuta y el resultado de esto fue 15 personas muertas. Ahogadas al borde de sus sueños. Cuando probablemente sus pulmones estaban llenos de alegría de acabar la odisea que les llevó a cruzar el desierto del Sahara, a pasar días y meses caminando o esperando, agazapados entre el follaje, esperando el momento propicio para saltar.  Hoy, cuando la realidad de las potencias europeas está generando migración económica de Portugal, España o Grecia, hacia países latinoaméricanos y africanos, uno se pregunta, ¿que pasaría si fueran recibidos igual?

Hace unos años me encontré en el aeropuerto de Johanesburgo con un portugués que trataba desesperadamente de alcanzar un vuelo de conexión, pero no lograba comunicarse en inglés, con una oficial de la policía sudafricana. El tipo sudaba y casi lloraba porque no se quería quedar en esa etapa del viaje. Le ayudé como interprete y la pregunta que insistentemente le hacían era precisamente adonde iba, justo lo que el también preguntaba en portugués. Se puso muy nervioso cuando dijo que iba para Namibia, pero finalmente lo orientaron y consiguió continuar su viaje. Luego, un angolano que me ayudaba con unos trámites, me contó que la ruta Johannesburgo-Namibia se estaba usando como ruta de tránsito ilegal: llegan a la frontera de Namibia con Cunene, y ahí la prometida Angola, donde todo el mundo gana mucho dinero. ¡Europeos entrando ilegales en África! La economía del mundo al revés, como diría Eduardo Galeano. La historia demostrando como el mundo da vueltas, sobre una humanidad que se empeña en repetir sus mismos errores.

Recuerdo también el libro el Dorado, de autor Laurent Guadé, que me regaló hace unos años mi amigo Michel Matera. Dos historias en simultánea: dos jóvenes hermanos inmigrantes de Sudán y una mujer y su bebé, quienes realizan un viaje fatal en un barco carnicero de los que lleva hacinados a los inmigrantes que tratan de entrar en Italia. La historia de desesperación, desconsuelo imponderable e injusticia golpea el pecho con la fuerza de la literatura y precisamente a través de ella, golpea doble, al saber que son historias que se repiten una y otra vez en diferentes puntos del mundo.


Estas historias no sólo reiteran la tragedia personal de quienes probablemente morirán en el camino, sin nombre ni tumba, sino que recuerdan lo lejos que está aún la humanidad de aceptarse así misma y de entender que sólo la consideración igualitaria nos podría convertir en una especie que merezca sobrevivir.



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Una bella canción de Ismael Lo:



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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

miércoles, 28 de marzo de 2012

Deportados



-Reporto  49 pasajeros y cinco deportados. Señores pasajeros, pueden salir.

Es marzo de 2012 y estoy por bajar del avión que me trajo a la Ciudad de Guatemala. Lo primero que pienso es porqué la diferencia entre pasajeros y deportados. ¿Acaso no son personas, igual a los demás que vamos a desembarcar? Talvez la azafata no lo dijo con intensión, quien sabe, pero al fin y al cabo su mensaje reproduce una visión, representa un trámite, una rutina de la aerolínea, tan común como abrir la puerta para desembarcar. 

Miro a uno de ellos, viene saliendo con una gran sonrisa. Entre sus manos trae un folder con una bandera de Canadá, en gran tamaño aparece la palabra DEPORTADO, pegada en una esquina está su foto. Después, en la aduana, veo a sus compañeros de aventura. De la aventura del retorno, de la expulsión, del fin de la carta lanzada al azar. Me pregunto cuanto habrán hecho para llegar hasta esa tierra que no conocían, a otro idioma, a otro clima. Las imágenes terribles de tantos documentales vienen a la cabeza, pero no es lo mismo mirarles a la cara, en esta, que quizás será la última etapa de su viaje.

Afuera, en el aeropuerto, hay cientos de personas esperando. Muchas de ellas vienen por su ser querido, miran fijamente y con mucha angustia, esperando verles las caras.

Entonces recordé otra escena que impresionó hace tiempo. Cuando vivía en la ciudad de Guatemala entre 2008 y 2009 subía frecuentemente por la avenida Hincapié, hacia la zona 10. Ahí pasaba frente a una oficina de TACA que siempre estaba llena de gente. Decenas de personas, desde temprano, hacían fila, o simplemente esperaban afuera de las oficinas. Al principio pensaba que se trataba de viajes internos o algo así, después supe que era la oficina de deportados. Claro, esas caras de angustia se repiten, porque el dolor de la partida debe ser mucho, el miedo a un camino incierto, peligroso y anónimo, debe ser inaguantable, pero la noticia de la derrota, la interrupción del sueño por el que tanto esfuerzo se hizo, no la puedo imaginar. 

Un repaso rápido por la prensa de los últimos años muestra una noticia recurrente: “aumentan las deportaciones de Guatemaltecos desde los Estados Unidos”. Entre enero y febrero de este año ha habido 6.000 deportaciones. En 2011 el total fue cercano a 31.000 personas. Estas cifras se elevarán significativamente al observar los totales de Centroamericanos que son regresados de Norteamérica con esa etiqueta en el pasaporte y en el corazón.

Pero este drama no tiene una sola dirección:

Todos los viernes llega a la frontera hondureña-nicaragüense del Guasaule un cargamento de migrantes “asegurados” y “devueltos” -como se complace en etiquetarlos la migración mexicana-, procedentes del centro de retención de Tapachula, cita un artículo de la revista Envio. Grupos de 30 personas vendrán, con la triste recurrencia del goteo, cada viernes sin falta, y al igual que los que llegan en los vuelos de Estados Unidos y Canadá, su historia se pierde en los vericuetos de la rutina y del olvido. 

Costa Rica, por su parte, deportó más de mil personas en el 2011  y en el 2010 Panamá alcanzó una cifra parecida. En su gran mayoría nicaragüenses. 

En el 2009, la policía nicaragüense detuvo a 79 inmigrantes ilegales de Etiopía, Eritrea, Somalia y Nepal. Los senderos centroamericanos cada vez son más usados para otro tipo de tránsito de ilegales. 

Los flujos migratorios tienen las mismas razones, se comparten los sueños, aunque cambien los destinos. Un costarricense emigra a Estados Unidos por razones muy similares a las de un nicaragüense que emigra a Costa Rica.  Qué busca un apátrida de Eritrea en la Isla de San Andrés o en Bluefields, qué una mujer salvadoreña que atraviesa el corredor migratorio que conecta Honduras, El Salvador, Guatemala y México. El precio de estos sueños muchas veces se paga con la vida o con la derrota, y esta última se da en la más denigrante de la figuras: la deportación.

Este drama sigue creciendo, y con el sigue creciendo el silencio. Los temas migratorios son parte de una agenda política muy compleja, dominada por intereses políticos que en poco o en nada basan su debate en las necesidades de las personas. La geopolítica importa más, y el éxito o el fracaso de una persona se negocia en cuotas.

Quiero terminar esta reflexión citando el artículo del señor José Luis Rocha (ver enlace), por la lucida sabiduría de quienes la produjeron:

¿Cómo viven los niños y niñas su rechazo nacionalista? En una serie de talleres les pedimos que lo expresaran de forma gráfica. Dibujaron caminos que unen dos casas situadas en dos extremos: una gris y otra multicolor. A veces hay flores en los caminos. A veces las casas llevan rótulos. Una dice COSTA RICA y la otra NICARAGUA. Una es más grande, está en un plano superior y se encuentra habitada. Otra está vacía. Es una casa abandonada. Los entornos costarricenses son más urbanos: hay panaderías, buses e iglesias. Los entornos nicaragüenses son rurales: hay árboles, pozos, animales silvestres. Los que saben escribir estampan sus recuerdos: “Cuando estaba en Costa Rica era muy alegre. El agua salía helada”. En ningún dibujo aparece una frontera.


José Luis Rocha. ¿No tienen derechos los migrantes deportados? Revista Envio Digital. http://www.envio.org.ni/articulo/4058


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Luis Rolando Durán
América Latuanis