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jueves, 10 de octubre de 2013

En la Isla del Fuego


Vista de la Ilha do Fogo, volando desde la Isla de Santiago

Islas. Pedazos de tierra que se pierden entre la bruma y el mar. No importa el tamaño, ni la distancia entre ellas. Hay algo de telúrico siempre presente. Parecen estar en movimiento, como si de verdad estuvieran flotando y a la deriva. Balsas de piedra, como dijo Saramago.

Muchas veces usamos este término de forma despectiva, como un sinónimo de incomunicación o de falta de integración con lo que circunda. Sin embargo, la sensación real que me dan las islas, y sobre todo un archipiélago, es de inminencia, de proximidad aparentemente discontinua, pero entrelazado por tejidos que se ven en la tenue ondulación del mar, o en la borrasca que las difumina cuando se miran desde lejos.

Cabo Verde es precisamente un archipiélago, con islas que parecen agarradas de la punta de los dedos. Estoy ahora en la Isla de Santiago, pero estuve antes en otra. En la Isla del Fuego. Una impresionante  montaña que combina los tonos verdes y oscuros que distinguen esta región, con el paisaje desoladamente hermoso de lavas y rocas volcánicas.


En la cima del Volcán de Fuego está Chã das Caldeiras. Una comunidad pequeña que se encuentra asentada adentro del cráter antiguo del volcán. A solo unos metros del cono que explotó en 1995. Para salir de la comunidad es preciso cruzar la colada de lava, una bella y sinuosa formación interrumpida por el camino, que parece una anaconda gigantesca, de un azul titanio.


Uno diría que la lava es un recuerdo o una señal de la inminencia, del peligro real, ya manifiesto. Sin embargo, con solo levantar la vista se ve el pequeño cono, con la punta destruida, rota por la explosión de hace menos de veinte años. Las tonalidades violentas de rojo y naranja no se arredran frente a la rotunda presencia del cono principal.



La pregunta cajón es porqué las personas eligen estar en riesgo, por qué si se dan opciones no salen y prefieren volver o quedarse. Es el tipo de preguntas que viene de la visión cuadrada, que simplifica las cosas, que enfoca una parte de la realidad, como si una comunidad o una familia pudiera sectorizar los problemas y actuar por partes: hoy estamos seguros y talvez mañana comemos.

En el Volcán de Fuego la gente tiene un sentido de comunidad. Están ahí hace doscientos años, explica Alexandre Rodrigues , Director del Parque Nacional.  Siembran papas, camote, frijoles y otro tipo de productos, en el suelo volcánico caliente y arenoso. El vino de Chã das Caldeiras también es famoso. 

"Ellos consideran que el volcán es su amigo, que les protege" dice Rodrigues. La gente ríe cuando escucha esto, y surge la palabra mito, creencia, la “vulnerabilidad ideológica”. Esos lugares seguros que usamos tanto, para caerle encima a las visiones propias, a las relaciones construidas entre la gente y la naturaleza a través de los años, de la observación, de la vivencia. Muchas veces es verdad que la creencia es errada, y que puede acrecentar el riesgo de una comunidad. Pero la descalificación arrogante de una forma de sentir no es un buen camino, sobre todo para quienes nos aparecemos un rato y volvemos después a la comodidad de las estructuras fijas.

Yo nací en el 63, como la mayoría de mi generación. El año en que las cenizas del Volcán Irazú cubrieron buena parte de San José, Alajuela, Heredia y Cartago. No sé si es por esa razón romántica, pero siento una atracción especial por los volcanes. Me gusta observarlos y pensar lo que pasa ahí adentro. En como la tierra, adicta a los ciclos, consume continentes para devolver islas, y planicies y colinas que descansan después, cargadas de minerales buenos.

Cuando escucho decir que el Volcán es un amigo y que les protege, me identifico con eso. Porque la naturaleza es sustento y oportunidad. Porque la piel que llevábamos no es más que un limite temporal y la distancia entre nosotros y lo que nos rodea está más en la cabeza, en el razonamiento que quiere cortar las cuerdas y aislarnos, con el prurito de la protección, de la seguridad y la civilización.

En la escuela de Chã das Caldeiras los niños aprenden sobre el Volcán y sobre la vida. Y yo me pregunto que debemos explicar, cual es el mensaje verdaderamente necesario, para que la vida siga y mejore, sin tener que romper necesariamente con su origen. Con su forma de vivir y soñar.










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Luis Rolando Durán Vargas 
América Latuanis

jueves, 18 de octubre de 2012

Entre el paraíso y la ciudad de ceniza: anotaciones sobre Cabo Verde.




Se llama Cabo Verde y es un país sin ríos. Ni uno. Todos los cursos de agua, que llenan de verdor este archipiélago del Atlántico Africano, son estacionales; ninguno tiene agua permanentemente y por eso es común encontrar el lecho de las ribeiras  lleno de viviendas y de plantaciones de todo tipo.

En efecto, en Cabo Verde una característica que viene junto con las lluvias de estación y las ramblas que se llenan de agua cada cierto tiempo es la invasión total de los lechos, de los cursos tributarios que quieren ir al mar. Una presión que cae sobre un espacio natural de belleza apabullante, con montañas de formas improbables, valles profundos, acantilados y playas de tarjeta postal.




 El país es un archipiélago compuesto por siete islas, de las cuales seis están pobladas. Todo el mundo pregunta porqué la sétima no, y los caboverdianos, aburridos de la pregunta recurrente, levantan los hombros y dicen “quien sabe”. Los portugueses convirtieron las islas en un centro de paso en su comercio de esclavos; cuando algo salía mal con las naves, paraban en en alguna de ellas para luego proseguir hacia Brasil. Ahí comenzó su dinámica de población, y de ahí mismo salió el proceso de liberación que lideró Amilcar Cabral, un nombre que se convirtió en leyenda e inspiración para el mundo.

Llegar a este país fue para mí un motivo de mucha emoción. Imposible no llevar en la cabeza la música de Cesárea Évora, cuando cantaba Sodade y nos hablaba de su isla, la isla de São Niclau. También la Isla do Fogo, donde dos poblaciones habitan adentro de la caldera del Volcán y producen un muy buen vino, que acompaña con frecuencia el excelente pescado que se sirve en los restaurantes.





En la Isla de Santiago está Praia, la ciudad capital. Es un sitio tranquilo, incomparable con otras ciudades capitales que conozco en la región. Todo en una dimensión más pequeña y sobre todo con un ritmo pausado, como las mornas que se escuchan por todas partes. Praia es conocida como la “cidade cinzenta”, la ciudad de ceniza. Este mote nada tiene que ver con el origen volcánico de las islas, sino con el hecho de que casi nadie pinta su casa. En una vista panorámica es evidente que esto es así, tanto en las viviendas pobres como en edificios y casas de la clase media. Según dicen, por dentro pueden desbordar algunos lujos, pero por fuera no se pinta!

Estuve en Cabo Verde como instructor del curso de Gestión del Riesgo y Desarrollo Local, organizado por la OIT con participación de todos los países africanos de lengua portuguesa, una experiencia edificante, de intercambio y conocimiento. Me motiva mucho ver como los niveles profesionales se van consolidando, sobre todo en una materia tan compleja como es la gestión del territorio.




El trabajo nos llevó por cerros sobre-explotados para la industria de la construcción, una imagen dolorosa, en la que una colina de suave pendiente ha sufrido una depredación intensa en sus entrañas, de donde sale material sin control y se destruyen, poco a poco, la montaña, el paisaje y la estabilidad natural de la zona.

En Ribeira da Barca, la misma industria de la construcción ejerce una violenta presión por la arena de la playa, lo que ha resultado en una explotación clandestina y en la degradación de la costa. Los efectos se han visto ya con un patrón de inundación completamente modificado.

En Cabo Verde existió un campo de concentración en Tarrafal, entre 1936 y 1974. Fuimos a visitarlo y me paré frente a dos placas conmemorativas. El aire se sentía tan pesado que decidí no mirar hacia adentro. Di media vuelta y seguí. Tenía una clase que impartir.







La fragilidad de los recursos naturales en el archipiélago de Cabo Verde nos recuerda ese recalentado lugar común:  "los retos para el desarrollo". La búsqueda de esa clave escondida, que permita avanzar a la sociedad sin que eso implique el saqueo y la destrucción. Espero que este proceso de formación con  jóvenes profesionales, que trabajan ya en las administraciones municipales y oficinas de planificación territorial signifique un aporte real en esa dirección.


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 Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis





Aquí van algunas fotos más de este hermoso país africano