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domingo, 23 de junio de 2019

Ganvié, lecciones sobre resiliencia y adaptación en el Africa Occidental


Al lado de la ciudad de Cotonú, en Benin (Africa Occidental), está la ciudad de Ganvié. Esta población, asentada sobre pilotes en el lago Nokoué, es una muestra fehaciente de la capacidad de resiliencia que pueden tener las comunidades que comprenden y apropian su espacio y lo ocupan con criterios de equilibrio y respeto social y ecológico. 

Esta sociedad lacustre no es parte de ningún proyecto ambiental o de desarrollo, ni un laboratorio de experimentación de la resiliencia de ninguna entidad internacional. Es un asentamiento que vive en el agua y del agua, en ella establece su forma de vida, sus relaciones sociales y culturales, sus conflictos.

Salí temprano en la mañana de mi hotel en Cotonú, con un colega y su chofer. Silvestre, un gran conocedor de la historia del país, guía turístico, negociador y “resolvedor” de entuertos. Después de una una media hora de avanzar por el tráfico algo caótico del sábado - Cotonú no es una ciudad tan congestionada como otras en Africa o América Latina - llegamos al embarcadero para Ganvié, una aglomeración ruidosa y multicolor, con un tráfico intenso de botes de diferente calado y capacidad. 

Es sábado, y el puerto está cargado de frutas, paquetes de mercado que van y vienen, y toda la intensidad de la comunicación y el comercio se sienten, bajo un calor torrencial. La puerta de entrada a este espacio geográfico y social basado en la convivencia con el agua, anuncia ya el asombro.




Con el amigo Silvestre


Antes de embarcar para la mítica “Venecia africana” quiero contar que días antes había estado en un hermoso y pequeño museo en Cotonú,  invitado por mi querida colega y amiga Eglantine Marcelin, una consultora internacional que siempre anda explorando el lado cultural de países, ciudades y poblaciones. 



Rostros de Benin
En el museo había una exposición de fotografías de África en general, y en particular de Benin y su gente. Un artista también exponía su visión de desarrollo urbanístico de Cotonú en los próximos años. Se podía mirar una ciudad moderna, saliendo ya de la vieja configuración colonial. Sin embargo, en los diseños de futuro, ¡aún aparecían grandes zonas inundables! Después de mirar este supuesto destino de la urbe, encontrarse con la capacidad adaptativa y resiliente de Ganvié sería una gratísima sorpresa.



Iniciamos el camino acuático y desde la salida del puerto la situación quedaba muy clara. Dejábamos la construcción caótica, con canales obstruidos incapaces de disponer del agua de lluvia, la infraestructura mal diseñada que terminará sirviendo para crear más inundaciones y poco a poco encontramos granjas de peces y una red de transporte eficiente e intensa, que avanza sobre un espacio de flora y fauna que se bambolea al ritmo lento del agua.






Al contrario de aquel futuro esperado y temido, de inundaciones casi perennes, al otro lado del lago, o mejor dicho, en el lago, la situación es radicalmente distinta: Ganvié está asentada en el agua y los vaivenes de la variabilidad climática poco o ningún impacto tienen en el discurrir cotidiano de la vida. Aún con los escenarios de cambio climático, las posibilidades de resistir, adaptar y transformar parecen ser mucho mayores en este territorio resiliente.












Ganvié fue creada en el siglo XVIII por los Toffins, de Togo (Adjakedos) y Tado, en el sur de Benin, que venían huyendo de las redadas de los esclavistas, y su población fue creciendo como resultado de un intenso flujo migratorio causado por conflictos en la región. Esta población, variada, expulsada de su tierra por la mezquina lucha por el dominio del territorio, no solamente consiguió asentarse de forma pacífica en un sitio que parecía inhóspito, sino que logró mostrar que aún en las condiciones más difíciles que imponen la naturaleza y la historia, es posible encontrar soluciones consensuadas y sostenibles.

Esta ciudad, completamente adaptada a su entorno, contrasta con la vecina Cotonú, y presenta todos los días un ejemplo de gran valía sobre la forma de hacerse resiliente, desde la base de la construcción de la propia comunidad. Aquí no llegan los discursos, y tampoco parece que hagan falta.





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Luis Rolando Durán Vargas 
América Latuanis



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Imágenes de Ganvié:
































domingo, 22 de mayo de 2016

Poniéndole acción a las palabras: resiliencia comunitaria en República Dominicana



Nosotras hemos aprendido el valor de construir mejor, para proteger la vida de las personas y de la comunidad. – dijo Segunda Lorenzo, maestra constructora
San Cristóbal, en la costa caribe de la República Dominicana. 
Marzo de 2016


El terremoto de Haití en el 2010, no solo tuvo el triste resultado de cientos de miles de vidas perdidas, sino que también trajo consigo una gran sacudida a la tranquilidad de políticos, instituciones y público en general. El mensaje era uno de esos que nadie quiere, porque era el recordatorio de cuán vulnerables somos, de cómo hemos descuidado la prevención y la relación con una naturaleza en movimiento permanente.

Entonces muchos corrieron. Se hicieron planes, leyes, proyectos, y en muchos casos las cosas se quedaron ahí, en el papel, que nada reniega.

Sin embargo no todo fue así.


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República Dominicana es la nación que comparte la isla de la Hispaniola con Haití y, además del hermoso y rico espacio geográfico, de arenas blancas y montañas azules, comparten también su exposición a los desastres.

Ambos países están en el sendero permanente de los ciclones y enfrentan una sismicidad que se mueve de vez en cuando pero que puede dañar mucho, como lo demostró el terremoto del 2010. Este terremoto despertó la atención en la población dominicana, así como los temores viejos, esos que se guardan en un rincón heredado de la memoria. Los sacó del baúl de los descartes y los puso en el frente de las preocupaciones por un tiempo

Voluntarias en la comunidad de El Rosario. Visita a un proyecto de l
a Cruz Roja Dominicana/ Española
Como parte de una misión de trabajo sobre proyectos de “resiliencia”, esa palabra casi impronunciable que llegó para quedarse en las políticas y programas internacionales de financiamiento, he estado viajando en algunas comunidades del centro sur del país. Comunidades costeras muy acostumbradas a una historia recurrente de lluvias y vientos fuertes,  ríos que se desbordan e inundan hasta los recuerdos.

En esta región, organizaciones locales, agencias internacionales y ONG, han implementado varios proyectos que buscan reforzar las capacidades comunitarias para reducir su vulnerabilidad, poniéndole acción a las palabras.

Es visible un gran entusiasmo comunitario, sobre todo en la fuerza del voluntariado, ese motor verdadero de la voluntad y las ganas de hacer que se nutre de la pertenencia y de la identidad y que seguramente ya se encontraba activo antes de que alguien llegara con un logo o una idea de proyecto. Precisamente, antes de la llegada de los proyectos de cooperación ya existía una energía esencial de cambio, de ese que no está basado en la coyuntura, sino en el saber y quere hacer. Muchos de estos  cambios pequeños suelen pasar desapercibidos porque no se les puede poner una cifra y ningún actor se los puede atribuir.


¡Cuanto podría mejorar la cooperación internacional si olvidara la presión de los gráficos y se perdonara a sí misma la ausencia de visibilidad! ¡Si se permitiera aplaudir los resultados comunes, del día a día, en lugar de seguir tratando de fraccionar el éxito y renunciar a los errores!

En estas comunidades de las provincias de Azua y San Cristobal, en la nostálgica Quisqueya, tuve el privilegio de atestiguar mucho de ese valor de lo cotidiano: mirar un líder comunitario de la Defensa Civil, con agua en los ojos, mientras cuenta como su comunidad entiende un poco mejor su entorno, como el tiempo y el esfuerzo “muelen despacio, pero muelen fino”. La voluntad era la misma, dice, pero el valor de lo aprendido orienta, da criterios, apropia y legitima. ¿Cuanto pesa una opinión emocionada? ¿Cómo permea la aséptica objetividad de los indicadores?
Curso sobre sismorresistencia PNUD-UASD 
Profesionales de la ingeniería y la arquitectura de la provincia se capacitan los fines de semana. El objetivo es mejorar el ejercicio de su profesión con elementos de sismo-resistencia o resiliencia estructural. Un acervo necesario, que puede modificar la forma de cómo se construye en su zona y en el país en general.  Los países que han logrado llevar este tipo de práctica a la realidad – como Chile y Costa Rica - han visto sus frutos positivos en el impacto de los terremotos.

El profesor del curso no puede ocultar la alegría de compartir solidariamente su especialidad. Según nos dice, le gusta compartir con profesionales, ver como cambia su forma de hacer, de calcular, de blindar y robustecer. Una ingeniera también nos manifiesta como hoy tiene mejores criterios para supervisar obras, para contribuir con una comunidad más segura.
Grupo de maestros y maestras constructoras, punta de lanza de una transformación necesaria y posible.
Proyecto OXFAM-PLAN Internacional

En un rincón caluroso hasta la redundancia, encontramos un grupo de maestros constructores (maestros de obra). Han seguido un curso para mejorar sus artes. Nos hablan con precisión y orgullo. Especialistas de la matemática práctica, artistas de la geometría. Son quienes construyen la estructura fundamental de su comunidad: viviendas, hogares, núcleos donde se forma la familia, donde se aprende a vivir, donde más se sufre la vulnerabilidad que trae su circunstancia económica y social. Con humildad y entereza expresan su conocimiento, la mezcla de un acervo que les llegó por medio de su historia y de su instrucción, nutrido ahora por una ciencia que al fin se preocupó por ellos. Nos hablan del 3 x 5 o del 1 a 4. De la técnica para crear el concreto, del material engañoso que no aglutina, entre otras técnicas y opciones disponibles desde antes, pero ahora mejoradas.

- Ya no le pongo cascajo, porque el concreto sufre - Nos dijo  Jhonny William Martinez Feliz, convencido y emocionado, como se estuviera hablando de un pariente querido.

Dos jóvenes haitianos se levantan y expresan en su español dominicano, matizado por los giros remanentes del creole y del francés, como la formación les ha cambiado su forma de ejercer el arte que les enseñaron por tradición, allá, en el "Ayiti" tan cercano. Antes solo mezclaban, ahora saben de proporciones que protegen la vida de las personas para quienes trabajan, la obra que con dedicación y orgullo han levantado.

Segunda Lorenzo también se levanta y nos habla del aporte comunitario. Con la fuerza de ser mujer en un “negocio de hombres”. Todo el mundo se emociona y aplaude, comparten su visión, su interés, su compromiso.

Así son… agentes del cambio, quienes le ponen acción a las palabras.



Curso sobre protección humanitaria. Andrea Verdeja, de Oxfam



Carlos Arenas de Oxfam y Zaira Pujols, de Plan Internacional. Articulando redes



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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis



domingo, 8 de julio de 2012

Haití, un país en movimiento



La Place Boyer, hace poco llena de tiendas de campaña, ahora vacía... esperando.

Fecha: Julio 2012
Ruta : Puerto Príncipe – Miragoane – Petit Rivière

Si hay algo que caracteriza este país, en casi todos los estados en que lo he mirado, es el movimiento: hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, o todo lo contrario. Movimiento sudoroso de caderas por la calle, debajo del sol más implacable, o movimiento de multitudes celebrando o reclamando.

Hoy, me siento muy bien observando como la ciudad y el país están en un momento de movimiento, casi telúrico. Movimiento social, movimiento de escombros, movimientos políticos. Probablemente muy lejos de alcanzar un estado en el que el rumbo sea coordinado y políticamente estable, lo que si es observable es la condición de cambio.

Con sorpresa observo como los escombros del terremoto han sido removidos, casi en un 70% según algunas fuentes de confianza. De igual forma, una buena cantidad personas han salido de los campamentos, a través de modalidades prácticas e ingeniosas. No tanto porque se trate de un gran invento sobre como manejar grandes poblaciones desplazadas, sino por haberlo logrado aquí, donde las condiciones son extremas, así como los riesgos y los llamados “factores externos” que al fin se convierten siempre en factores internos.

Parques como la Place Saint Pierre, la Place Boyer, o el histórico Champ de Mars, teatro de revueltas, amoríos y carnavales, o se encuentran vacíos, sin las miles de tiendas que durante más de dos años atestiguaron la incapacidad del gobierno y de la comunidad internacional de lograr una respuesta pronta al problema de las personas desabrigadas y desplazadas internas, algunas afectadas por el terremoto y otras afectadas por la catástrofe de su condición socioeconómica. Hoy parece que esa respuesta, aunque no pronta, se está aproximando.

Un proyecto, impulsado desde la presidencia de la República y apoyado por el PNUD se puso como meta el retorno a sus barrios de origen de las familias que se encontraban albergadas – un eufemismo, sin duda – en 6 gigantescos campamentos. Algunos no tan grandes en cuanto a extensión, pero enormes en cuanto a la densidad de personas que debían vivir en un ambiente con gravísimas carencias sanitarias, de espacio personal y familiar, e incluso de abrigo real en una país generoso con la lluvia. El proyecto 16/6 (16 barrios, 6 campamentos) ha encontrado mecanismos que han facilitado el retorno – con subsidios para el alquiler, por ejemplo – evitando también, de forma ingeniosa, que este subsidio generara especulación en los precios de alquiler, lo cual habría afectado a las personas que ya estaban en los barrios: las instituciones no negocian el precio, sino las personas beneficiarias, y si obtienen un precio más bajo que el considerado estándar del mercado el sobrante les queda a ellos.

Si bien no es la única iniciativa de reubicación en el país (la Cruz Roja por ejemplo ha realizado importantes esfuerzos en esta línea) no hay duda que el impacto de esta dinámica se observa, con valores añadidos importantes, como la recuperación de los espacios públicos (plazas y parques), algo fundamental para mejorar las condiciones sicosociales de una población que lleva dos años viviendo un drama extremo diario.

No dudo que existen fuertes críticas, sobre todo por los criterios de selección de las comunidades. Por ejemplo, ¿el hecho de que una familia lleve dos años albergada en una plaza pública la hace más prioritaria que otra familia, con peores condiciones de vida, desplazada en un sitio anónimo y no visible?, o bien, con el espantoso déficit de vivienda que ya tenía el país desde antes del terremoto, ¿es justo que familias que no tienen condiciones dignas de vivienda, en zonas no afectadas por el terremoto, no tengan acceso a recursos de la reconstrucción?



Es fácil observar como muchas personas de los campamentos han salido de otra manera. En las laderas sobrepobladas de Pétion Ville se pueden ver tiendas de campaña y covachas improvisadas al lado de las construcciones de cemento. Personas que talvez antes tenían la ventaja de ser un problema para todos y que hoy son solo problema para ellos mismos.

Pienso que en las condiciones de Haití, sobre todo por el larguísimo lapso que ha tomado el establecimiento de cambios concretos, de mejorías, es necesario tomar decisiones, lo más informadas posible, pero decisiones al fin. No hay posibilidad de ser justo y la equidad es una búsqueda, una principio guía.  Quizás el aspecto clave es tener en mente, en el futuro inmediato, las lagunas, o criterios parciales que se han quedado, para actuar después con criterios de desarrollo.
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Los cerros de Jalousie, en Pétionville. Se puede observar el color azul, de las viviendas improvisadas por gente que se ha relocalizado por sus propios medios

y la vulnerabilidad continúa, rampante

En las ciudades de Miragoane y Petite Rivière, al sur del país, tuve el chance de estar con equipos de voluntarios que han sido entrenados para atender emergencias y responder a desastres. Tres mil personas, jóvenes en su gran mayoría, que hoy pueden contribuir con su comunidad, canalizar su energía y sentirse parte del cambio, del movimiento.

En todas las conversaciones o entrevistas, siempre manifestaron su orgullo y pasión y su motivación hacia la comunidad. No importa si son voluntarios de la Cruz Roja, o los Bomberos o los Scouts, da lo mismo. Están ahí por su familia, por su gente, por su pueblo. Esta motivación en la base social, en las jurisdicciones más pequeñas, lleva a pensar en el futuro. Porque estás acciones sí se quedan, quizás no el equipo donado, las infraestructuras, pero sí la capacidad creada, las actitudes, el orgullo de sentirse alguien que ayuda a que las cosas cambien.


Voluntarios en Petite Rivière

No cabe duda que queda aún muchísimo pendiente y que el futuro del país, su salida de la miseria, el alcance de un nivel de equilibro y equidad que le permita a la gente mejorar, es un asunto incierto. Sin embargo, una vez más, siento que este es un pueblo con una fuerza incansable y el movimiento intenso que hoy se ve es un signo inapelable.




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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

viernes, 7 de octubre de 2011



La reducción del riesgo de desastres: ¿un callejón con salida?


Luis Rolando DURÁN VARGAS

El descontrol y la sorpresa

Tras más de veinte años promoviendo la reducción del riesgo, de estudiar las vulnerabilidades y de generar toneladas de papel en planes de emergencia y estrategias para la reducción del riesgo a todas las escalas, los últimos grandes desastres se han caracterizado por el descontrol, la sorpresa y la invocación perenne de lo fortuito y lo fatal. Nadie parece asumir el déficit de política, la falta de planificación y la escasa concreción de las manifestaciones de preocupación que llenan las resoluciones y decisiones sobre los desastres pasados, su impacto y su destino fatal.

¡Descontrol y sorpresa! Los impactos elevados, supuestamente evidentes para todo el mundo, siguen apareciendo en la opinión pública en medio de manifestaciones dramáticas que apelan a los sentimientos efímeros, a la solidaridad morbosa y, en menor medida, a un apoyo firme y decidido por el cambio. Estas manifestaciones constituyen la base para la disculpa y la
disipación de las verdaderas responsabilidades de fondo.

No podría comenzar un artículo que hable sobre riesgo en el año 2010 sin manifestar la amargura que deja esta imagen recurrente, completamente adquirida por los medios, que nos vende sin reparo ni resistencia, la impotencia oficial frente a una naturaleza supuestamente caprichosa o a una probabilidad extrema o imprevisible.



Los impactos extremos y el despertar asombrado de la política

¿Despertares? Un presidente sale por la ventana de su residencia en ruinas, mira desorbitado y sin ubicación. Atina a exclamar que perdió su palacio, mientras su país entraba en la etapa destructiva y de retroceso social y humanitario más violenta de su historia.

Una presidenta, con un margen de popularidad inusual, mira desconcertada como su credibilidad y liderazgo se van fracturando al ritmo de manifestaciones erráticas, decisiones lentas y una explosión social generada por el descontento, la sensación de abandono y el oportunismo no controlado. Mientras tanto, cientos de personas mueren bajo las olas de un tsunami y 30 mil millones de dólares se derrumban en cuestión de minutos. “La población murió por falta de información”, dice un poblador del país latinoamericano líder en las tecnologías de información y comunicación.

Otro presidente, con acento desolado, manifiesta ante las Naciones Unidas que la sequía (una situación predicha y calculada hasta la saciedad) ha sorprendido a su país, lo califica de “evento climatológico irregular” y descarga su furia contra la naturaleza, acusándola de exacerbar la pobreza. En simultáneo, comunidades históricamente vulnerables en este país centroamericano vuelven a la más completa inseguridad alimentaria y se declara la hambruna.

El gobierno de otra presidenta declara al mundo cómo el impresionante torrente, también avisado con meses de anticipación, dejó una cantidad inusual de muertes, una red vial destruida y pérdidas elevadas que exacerban el déficit fiscal y comprometen las expectativas de crecimiento. Su nuevo plan de reducción del riesgo ha sido aprobado, pero las previsiones para que este desastre anunciado insistentemente por el coro no se vuelva a repetir, no se ven, los recursos no se mueven y la vulnerabilidad para “el próximo” sigue creciendo.

El evento sísmico que sacudió Haití en enero de 2010 generó un desastre de intensidad mayúscula, donde todo el sistema político, institucional y privado colapsó. Los instrumentos internacionales de asistencia tampoco dieron abasto para enfrentar una situación de la cual, aún hoy, parece imposible salir. El terremoto de Chile generó una condición inexplicable de confusión, caos e ineficiencia en la respuesta y los procesos posteriores de recuperación. Desveló además serias carencias en la planificación, la reducción del riesgo y las capacidades locales.

Un par de años atrás, el terremoto de Pisco encontraría un gobierno peruano con graves problemas organizativos, con una subvaloración atrevida de lo que realmente había pasado y con una capacidad de
respuesta por los suelos, gracias a un proceso de descentralización más claro en el papel que en la realidad de las capacidades locales.
El asombro sigue dominando un escenario que suponíamos caracterizado por información de mejor calidad, por políticas visionarias y por instituciones fortalecidas. ¿Qué puede estar pasando?

Prediciendo el pasado, las decisiones que nunca llegaron

Cada vez que un gran desastre impacta un país, simultáneamente al levantado de los escombros, a la rápida generación de transferencias presupuestarias que desvían fondos de desarrollo y los revierten en reparar errores, en reconstruir el riesgo y en exacerbar las brechas que generan vulnerabilidad, se vive un momento de cambio. Vuelve a aparecer el lugar común de la “ventana de oportunidad” que sirve para mover leyes, cambiar instituciones y aprovechar la conciencia que genera la catástrofe. Esta historia es la misma desde el siglo pasado y de seguro que mucho más atrás. De pronto aparece la conciencia del riesgo y el compromiso, supuestamente firme, de evitar que ese desastre vuelva a suceder.

Sin embargo, a lo largo de décadas, observamos como las decisiones necesarias para hacer posible esos actos de contrición no llegan a concretarse, y las manifestaciones terminan almacenadas en el capítulo inocuo de algún plan, sin presupuesto ni responsabilidades claras. Emergen nuevas políticas, con nuevas instituciones y con el “compromiso sólido” de enfrentar la amenaza creciente y de doblegar a la naturaleza.

Los llamados “riesgos emergentes” se están convirtiendo rápidamente en una excusa y una recarga del viejo argumento de la fatalidad, de lo extremo y lo inesperado. El cambio climático es quizás el ejemplo más decepcionante en este sentido. Al ser presentado en una dimensión global, apocalíptica y de responsabilidad casi exclusiva de los países industrializados, lejos de generar una posición proactiva frente a este proceso de degradación incuestionable, se está convirtiendo en un pretexto de oro para zafar el lomo a la responsabilidad por el riesgo ya construido. Nada más común que escuchar autoridades nacionales manifestar en la prensa cómo el cambio climático es el responsable de la pequeña inundación, de la rayería, del deslizamiento no calculado que destruye, o de la sequía y el hambre. La respuesta no se deja esperar, y en lugar de un llamado social a rendir cuentas por la irresponsable construcción del riesgo, y la escasa inversión para reducirlo, se convierte en una cruzada contra un fenómeno externo - que nosotros no generamos - ante el cual solo queda la opción de adaptarse y detrás de quien todas las responsabilidades no asumidas se esconden.

Otro ejemplo es el riesgo urbano, que con más frecuencia salta en escena. El informe mundial de la Cruz Roja se concentra en esto, y múltiples estudios vienen a mostrarnos esta realidad, mal llamada emergente, puesto que sus causas se consolidaron hace décadas. Mientras los flujos migratorios y los movimientos urbanos pendulares rayan diariamente la cartografía de todos los países latinoamericanos, el riesgo sigue siendo abordado desde una dimensión global, en planes nacionales a veces tan integrales y políticamente correctos que terminan abordando el riesgo desde la generalidad y sin prioridades territoriales. Una constatación en este sentido es observar que la mayoría de las metodologías de trabajo locales exitosas están dirigidas a ámbitos rurales. Mientras tanto, el riesgo en las ciudades se acumula y se confunde entre la maraña de la vulnerabilidad crónica, difícil de comprender y de abordar desde la cultura urbana.

Las variaciones en política pública, en una gran mayoría, son de corto plazo, mediáticas y poco orientadas a modificar la causalidad evidente. Desde esta perspectiva, ¿es realista esperar una nueva modalidad de hacer política para reducir el riesgo, o nos seguiremos consumiendo en una inercia de espacios seguros, adonde los pocos avances sirven para mantener el status quo?

Gestión integrada, entre las aspiraciones y las realidades

En medio de las malas noticias relacionadas con la capacidad de hacer política efectiva para reducir el riesgo, muchas publicaciones vienen mostrando significativas evidencias de casos exitosos para enfrentar las situaciones de emergencia, y en alguna medida, para reducir el riesgo subyacente. Es de gran relevancia analizar estos éxitos valiosos, que muestran al menos las siguientes características:

  1. •La resiliencia y capacidad autónoma de las comunidades se ha logrado reforzar a través de los preparativos, de la educación comunitaria y de una mejor integración entre las áreas científicas y operativas, sobre todo a través de los sistemas de alerta temprana. En muchos países se están mejorando procesos de organización comunitaria, vigilancia de fenómenos naturales y acciones de respuesta inmediata a través de programas que se logran mantener en el tiempo.
  2. •La experiencias exitosas de reducción concreta del riesgo – zonas de déficit de lluvia que no presentan sequía, gracias al riego; deslizamientos controlados gracias al mejoramiento de suelos y la gestión de tierras; reducción de vulnerabilidades sociales y económicas gracias a una inversión social más extensa – en casi ningún caso forman parte de programas explícitos de gestión d riesgo y en general pasan desapercibidos, no son reportados ni sistematizados.
  3. •Las políticas de gestión del riesgo siguen sufriendo del olvido crónico, en la mayoría de los casos por la mala calidad de su diseño y la poca aplicabilidad en términos prácticos de que se traduzcan en mandatos, presupuestos viables y cargas administrativas asumibles por la administración pública y por los ritmos de desarrollo organizacional y político que experimenta cada país.
  4. •Los avances en el conocimiento sobre el riesgo, los escenarios de impacto, los índices y otros productos que generan momentos de gran atención y expectativa en la opinión pública, casi nunca cruzan el puente de las decisiones y son pocas las políticas que se generan a partir de estos productos de conocimiento. El cambio real y el impacto en aplicación de políticas a partir de procesos de conocimiento sobre riesgo sigue siendo escasa.

Uno de los aspectos más sensibles, en relación con la calidad de la política pública, es el desarrollo de instrumentos orientados a “oficializar” el discurso pero poco mediados por la realidad política y administrativa de los países a quienes deben servir. Las leyes, más que discursos o tratados técnicos, son actos políticos, cuyo impacto debe registrarse, al menos, en tres tipos de instrumentos:

  1. •En normas y principios que se constituyan en referencias y mandatos ineludibles, que condicionen la inversión, que incluyan decisiones concretas sobre la gestión pública, previendo conflictos y vacíos de atribuciones y con principios y conceptos aplicables a los instrumentos administrativos existentes o creados por la norma.
  2. •En instrumentos y mecanismos de implementación concreta y gradual, atendiendo prioridades con realismo y responsabilidad política: la descentralización de la respuesta, por ejemplo, no es un decreto, sino un proceso de largo plazo, cuyo éxito está asegurado por otras normas y otros procesos de mayor envergadura, generalmente no controladas desde la gestión del riesgo ni su legislación; la gestión correctiva del riesgo construido requiere de soluciones prácticas y costo-eficientes en escenarios de inversión caracterizados por una lucha encarnizada por recursos escasos; más allá de los escenarios de impacto probable, se requiere el diseño de soluciones cuya rentabilidad política y viabilidad esté asegurada.
  3. •En los instrumentos de control que aseguren un marco de responsabilidades transparente, que evite las excusas del cambio climático, la fatiga de los metales y la imperturbable furia de la naturaleza y genere procesos reales de rendición de cuentas. Los sistemas nacionales de control, las procuradurías, defensorías, cortes de cuentas y los mecanismos de control político deben estar incluidos en una norma que les confiera el mandato de asegurar la implementación de los mecanismos, y finalmente, la protección de la vida y de la inversión económica y social.

A partir de lo anterior, es vital repensar la aspiración de la “gestión integrada del riesgo”: el riesgo es un valor negativo que no se puede gestionar por sí solo, sus indicadores de éxito no miden avances visibles en el desarrollo, sino la reducción de un impacto negativo probable. Como tal, es improbable encontrar la gestión integral del riesgo en un discurso de campaña política, en un impactante informe ejecutivo a la nación, o como agenda movilizadora de pasiones, compromisos o imaginarios de progreso. Todos los procesos, inversiones o proyectos que reducen el riesgo se encuentran alojados en otra política, en otro sector, en otros actores. La gestión del riesgo no tiene instrumentos propios de intervención, excepto en dos líneas de trabajo: la intervención del riesgo inminente y la preparación y respuesta a los desastres.

Esta última aseveración lleva a proponer un análisis fundamental antes de diseñar políticas y marcos institucionales: el riesgo y los desastres se gestionan con instrumentos distintos, desde presupuestos diferentes y con actores raramente coincidentes. Una cosa es analizar el riesgo desde una perspectiva integral y desde ahí comprender los desastres, sus causas y su devenir; y otra cosa es pretender instalar todo ese paquete dentro de una misma estructura de políticas, procesos, instituciones, presupuestos y responsabilidades.

Las lecciones que muestran un camino

Existe en la región latinoamericana una cantidad innumerable de iniciativas que están generando importantes líneas de aprendizaje y que pueden orientar hacia opciones más realistas. Algunas de estas son:
Políticas regionales de “nueva generación”: en el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) se vive un proceso de desarrollo de políticas e instrumentos normativos y estratégico bajo un formato novedoso: la integración y desarrollo de iniciativas en gestión ambiental, gestión de los recursos hídricos y gestión del riesgo bajo criterios comunes, mecanismos conjuntos e instrumentos de financiación consensuados. Esto ha permitido crear sinergias, encontrar mecanismos de implementación más costo-eficientes y, sobre todo, evitar la dispersión que implica desarrollar de forma fraccionada instrumentos y mecanismos similares. El Plan Plurianual del Subsistema Ambiental, la Política Centroamericana de Gestión Integral del Riesgo y la Estrategia Regional de Cambio Climático constituyen dos instrumentos de política que conviene observar. Por otra parte, la Estrategia Regional
Agroambiental y de Salud (ERAS) y la Estrategia Centroamericana de Desarrollo Rural Territorial (ECADERT), han logrado romper el círculo de los convencidos y han colocado las iniciativas de reducción del riesgo y adaptación al cambio climático en instrumentos del desarrollo económico y social.

Procesos de legislación y desarrollo organizativo en Perú, Ecuador, El Salvador y Chile, están entrando en el difícil abordaje de la gestión del riesgo realista, aplicado a las realidades políticas y administrativas de sus países, enfrentando el uso, los viejos arreglos institucionales y las condiciones específicas de vulnerabilidad y capacidad de sus sociedades. Un aporte significativo para esto es la iniciativa que coordina la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres, mediante la cual se realiza un análisis complejo de los procesos nacionales sobre la base de las prioridades de acción del Marco de Acción de Hyogo. Este análisis puede convertirse en una referencia muy completa que muestra la complejidad y la necesaria articulación de políticas e instituciones.

El desarrollo de instrumentos de conocimiento más cercanos a los procesos de toma de decisiones: El Foro Regional del Clima en Centroamérica, coordinado por el Comité Regional de Recursos Hidráulicos, no solo genera escenarios climáticos trimestrales, sino que incluye diálogos y procesos de planificación conjunta con sectores productivos, que resulta en la aplicación de soluciones y previsiones que reducen exitosamente la vulnerabilidad de sectores como la pesca, la agricultura y la energía.

Los indicadores de riesgo y gestión del riesgo generados por el Banco Interamericano de Desarrollo, acercan los análisis de riesgo a niveles manejables, con mecanismos concretos de medición y orientan la adopción de prioridades. Estos instrumentos deberían ser rápidamente interiorizados por los observatorios y entidades que analizan las tendencias de desarrollo en los países, para ser concretados a escalas administrativas territoriales.

Finalmente, en simultáneo con las iniciativas anteriores ligadas a la política pública y a la administración del Estado, se encuentran las iniciativas de gestión local del riesgo y la acción comunitaria. Es fundamental considerar que la gestión local del riesgo no es una escala ni una dimensión de la política nacional que siempre alcanza su límite de eficiencia en la escala municipal, sino que representa la mejor –y muchas veces única– opción de acción directa sobre las condiciones más concretas de inseguridad de las comunidades y que actúa sobre las capacidades y la resiliencia que la historia y la realidad social comunitaria construyen.

En este sentido, la experiencia generada por la Federación Internacional de la Cruz Roja, específicamente a partir de los procesos de educación comunitaria, bajo la metodología de “aprender haciendo” es una muestra clara de cómo los grupos comunitarios vulnerables, sean locales o sociales, pueden reducir su riesgo desde sus condiciones intrínsecas. El programa DIPECHO de la Comisión Europea, en el cual participan múltiples organizaciones de la sociedad civil, organizaciones de base y organismos no gubernamentales, también ha generado importantes lecciones aprendidas en este sentido.

Estos procesos, sin duda, encuentran su límite inmediato en las causas de mayor escala, en donde deben intervenir los actores institucionales. En un mundo ideal, ambos procesos deberían encontrarse en el corto plazo. Sin embargo, las limitantes en la calidad de la política pública para la reducción del riesgo no permiten pronosticar un rápido encuentro.
Como comentario final, es importante reflexionar sobre el estado de situación del riesgo en nuestros países. El terremoto en Haití es un llamado extremo a mirar lo que puede acontecer cuando una ciudad capital, como centro de poder y gestión, es impactado es mayor magnitud. El gobierno peruano tomó medidas inmediatas para intensificar la planificación y organización en la ciudad de Lima y en otras ciudades del país, sin embargo, en qué medida los gobiernos latinoamericanos están aprovechando esta cruda lección de la realidad aún está por verse. Por otra parte, la emergencia de nuevos procesos de política pública y de iniciativas de reforzamiento de las capacidades locales constituye una oportunidad aún no consolidada.

La gestión integrada del riesgo se ha convertido en una aspiración, en un esfuerzo al que se suman cada vez más adeptos. Será vital que este creciente esfuerzo se traduzca en realidad, que el discurso se ajuste a la práctica, y que el diálogo con la política y la administración sea más transparente y proporcional a las realidades de la gestión pública de cada país.

Luis Rolando Durán Vargas.
Consultor internacional


Imagen 1 propiedad de ONU/EIRD
Foto Haití: Mjrko Renola
Foto terremoto de Perú: Susana Arroyo.