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domingo, 23 de junio de 2019

Ganvié, lecciones sobre resiliencia y adaptación en el Africa Occidental


Al lado de la ciudad de Cotonú, en Benin (Africa Occidental), está la ciudad de Ganvié. Esta población, asentada sobre pilotes en el lago Nokoué, es una muestra fehaciente de la capacidad de resiliencia que pueden tener las comunidades que comprenden y apropian su espacio y lo ocupan con criterios de equilibrio y respeto social y ecológico. 

Esta sociedad lacustre no es parte de ningún proyecto ambiental o de desarrollo, ni un laboratorio de experimentación de la resiliencia de ninguna entidad internacional. Es un asentamiento que vive en el agua y del agua, en ella establece su forma de vida, sus relaciones sociales y culturales, sus conflictos.

Salí temprano en la mañana de mi hotel en Cotonú, con un colega y su chofer. Silvestre, un gran conocedor de la historia del país, guía turístico, negociador y “resolvedor” de entuertos. Después de una una media hora de avanzar por el tráfico algo caótico del sábado - Cotonú no es una ciudad tan congestionada como otras en Africa o América Latina - llegamos al embarcadero para Ganvié, una aglomeración ruidosa y multicolor, con un tráfico intenso de botes de diferente calado y capacidad. 

Es sábado, y el puerto está cargado de frutas, paquetes de mercado que van y vienen, y toda la intensidad de la comunicación y el comercio se sienten, bajo un calor torrencial. La puerta de entrada a este espacio geográfico y social basado en la convivencia con el agua, anuncia ya el asombro.




Con el amigo Silvestre


Antes de embarcar para la mítica “Venecia africana” quiero contar que días antes había estado en un hermoso y pequeño museo en Cotonú,  invitado por mi querida colega y amiga Eglantine Marcelin, una consultora internacional que siempre anda explorando el lado cultural de países, ciudades y poblaciones. 



Rostros de Benin
En el museo había una exposición de fotografías de África en general, y en particular de Benin y su gente. Un artista también exponía su visión de desarrollo urbanístico de Cotonú en los próximos años. Se podía mirar una ciudad moderna, saliendo ya de la vieja configuración colonial. Sin embargo, en los diseños de futuro, ¡aún aparecían grandes zonas inundables! Después de mirar este supuesto destino de la urbe, encontrarse con la capacidad adaptativa y resiliente de Ganvié sería una gratísima sorpresa.



Iniciamos el camino acuático y desde la salida del puerto la situación quedaba muy clara. Dejábamos la construcción caótica, con canales obstruidos incapaces de disponer del agua de lluvia, la infraestructura mal diseñada que terminará sirviendo para crear más inundaciones y poco a poco encontramos granjas de peces y una red de transporte eficiente e intensa, que avanza sobre un espacio de flora y fauna que se bambolea al ritmo lento del agua.






Al contrario de aquel futuro esperado y temido, de inundaciones casi perennes, al otro lado del lago, o mejor dicho, en el lago, la situación es radicalmente distinta: Ganvié está asentada en el agua y los vaivenes de la variabilidad climática poco o ningún impacto tienen en el discurrir cotidiano de la vida. Aún con los escenarios de cambio climático, las posibilidades de resistir, adaptar y transformar parecen ser mucho mayores en este territorio resiliente.












Ganvié fue creada en el siglo XVIII por los Toffins, de Togo (Adjakedos) y Tado, en el sur de Benin, que venían huyendo de las redadas de los esclavistas, y su población fue creciendo como resultado de un intenso flujo migratorio causado por conflictos en la región. Esta población, variada, expulsada de su tierra por la mezquina lucha por el dominio del territorio, no solamente consiguió asentarse de forma pacífica en un sitio que parecía inhóspito, sino que logró mostrar que aún en las condiciones más difíciles que imponen la naturaleza y la historia, es posible encontrar soluciones consensuadas y sostenibles.

Esta ciudad, completamente adaptada a su entorno, contrasta con la vecina Cotonú, y presenta todos los días un ejemplo de gran valía sobre la forma de hacerse resiliente, desde la base de la construcción de la propia comunidad. Aquí no llegan los discursos, y tampoco parece que hagan falta.





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Luis Rolando Durán Vargas 
América Latuanis



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Imágenes de Ganvié:
































jueves, 7 de marzo de 2019

Benin: el pasado que no admite olvidos




En estas últimas semanas he estado trabajando en África occidental. Ya había tenido la experiencia de trabajo en Sierra leona y ahora me encuentro en Benin apoyando al gobierno en el tema de gestión de riesgo y adaptación al cambio climático.

Desde el primer día Benín me ha sorprendido por muchas razones. Después de haber trabajado en varias islas del Caribe y en poblaciones de América latina que basaron su desarrollo sobre el comercio de esclavos, ahora me encuentro al frente, al otro extremo, en la orilla de partida de esa realidad tan brutal, que ha caracterizado nuestra "humanidad".

Visité la ciudad de Ouida donde se estableció uno de los mayores puertos de salida para el comercio de esclavos. Una experiencia cargada de humanidad, de la humanidad que avergüenza y de la humanidad que da esperanza.

Tuve la oportunidad de recorrer el camino espantoso por el que pasaban miles de hombres mujeres y niños, desde los depósitos donde los esclavos eran guardados como mercancía, menos que objetos, hasta llegar a lo que hoy en día se llama la puerta del no retorno. 

Haití, absolutamente presente en Benín.
Dos historias, un origen

La puerta del no retorno


Detalle de la puerta del No Retorno. Sobran las palabras, solo queda contemplar

Al mirar a través de ese arco que da al mar creí sentir en mi espalda el peso acumulado del llanto, la desesperación y quizás lo peor de todo, la incomprensión de lo que estaba pasando. Humanos engullendo humanos, barcos poderosos que trasladaban su mercancía de carne sin nombre y de vidas con precio. La puerta del no retorno no solo implicaba eso, sino que era la salida un mundo de vejación, de historia borrada y de pérdida de la dimensión humana, del reconocimiento mismo de personas, familias y pueblos.

Todos los momentos de nuestra humanidad han tenido episodios extensos de esclavitud, y duele pensar que aún hoy, con todo lo que se ha logrado en materia de derechos humanos, estamos lejos de saldar esa deuda con nuestra propia naturaleza y, principalmente, con la gente que la sigue sufriendo.

Ouida también me han servido para reflexionar sobre el mundo que vivimos, A veces con una total decepción pensando que seguimos siendo esa monstruosidad grabada en piedra y sangre; a veces todo lo contrario pensando que hay un futuro, que las cosas han cambiado y que el deseo de justicia es terco y no se rinde. 

A pesar de las traiciones, las componendas y la corrupción siempre hay alguien que se levanta y se niega, siempre hay multitudes empujando el cambio, siempre hay héroes cuya historia no sabremos, que se sacrifican y lo dan todo para que la humanidad de un paso más hacia delante, hacia un estado de mayor justicia.








Reflexionando sobre esto en Ouida me encontré con un grupo de niños que venían de su escuela para visitar el monumento. Corrían saltaban y se acaban sus teléfonos celulares, quienes lo tenían, y sonreían desde la realidad de su vida de hoy. Cuando nos vieron quisieron sacarse fotos con nosotros. La imagen me pareció poderosa, de un lado la de historia tan brutal de la esclavitud y frente a ella una juventud que se enfrenta al reto al reto de la vida, con nuevos instrumentos, con nuevas opciones.


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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis