martes, 15 de septiembre de 2009

Anotaciones al paso: entre Guatemala y Atlanta





AtlantaRecién llegando en una avión que huele a Pollo Campero. Siento la salsa de barbacoa pegada en mi camisa.

Siempre encuentro un atractivo en esta ciudad, que me llena de sentimientos encontrados y preguntas. Quizás por esa huella imborrable que paradójicamente deja “Lo que el viento se llevó” y su escena de Atlanta en llamas; o en general porque aquí es fácil sentir directamente las reminiscencias de la esclavitud original, y todas las contradicciones que han forjado ese país. En el aeropuerto se percibe con facilidad dos mundos que yacen juntos, pero no revueltos. Los negros que llevan, traen, cargan y afanan, y los blancos que sellan y deciden. En medio una mezcla variopinta, muy poco creíble, algunos negros sellan y deciden, pero ningún blanco se ve llevando, trayendo, cargando y afanando. 

Una chica empuja la silla de ruedas de una señora que viene de Guatemala. La trata mal. ¿Como quiere que la lleve si no levanta los pies? Es su saludo. Son muchas sillas que empujar, y las tienen que llevar de dos en dos, como quien lleva la carga de un supermercado. Para eso no alcanza el presupuesto.

El trato de segunda mano. Negros contra latinos. Huele a una pelea en las puertas de un anfiteatro cuya función ninguna de las partes alcanzará a ver. Otra vez primeras impresiones? No lo sé.


Johannesburg. De nuevo aquí, luego de muchas horas de avión y de aeropuerto. Estoy varando, esperando una visa que no parece querer llegar. Decido aprovechar el tiempo para mirar y escuchar.

1.Un joven que me ayuda en la llegada. Un taxista de Joburg me lleva a Pretoria. La copa de fútbol, la infraestructura. Un aeropuerto que no pareciera parar de crecer. 

Ahhh, Costa Rica. Bonito juego contra Alemania. Vendrán otra vez al mundial? Ay mi amigo, ojalá lo supiera! Que buena oportunidad para África verdad? Sí, muy buena, eso me parece. Aunque, sabe, no estamos muy seguros de quien saldrá realmente beneficiado de todo esto. No es fácil creer. Los europeos llegan con todo arreglado, los esperan, los llevan, todo etiquetado y listo, organizado y hecho por ellos mismos.  Nosotros, los taxistas, tanta gente que está a  la espera, no sabemos que pasará con el mundial. A lo mejor ni nos buscan, y la cosa se quedará igual. Mucha gente opina así en Sudáfrica. El hermoso espejismo que traerá el mundial. Nosotros pondremos la infraestructura y ellos se llevarán la ganancia. Mmmm.

Pero … usted cree que calificará Argentina. Messi, no podemos perdernos a Messi.

2.Un consultor argentino, atrapado como yo en un salón de espera. 6 a.m.

Ché, vos nos prohibiste hablar con ella, te molesta si la shamo y la felicito.
Las cosas pasan por algo, entendamos eso hijo. Sho? sho le voy a escribir a Villa, la cagada fue mía, boludo!

Eh? Sí, fue una cagada lo de Southafrican. El hotel acá es una mierda. Me tuve que ir a bañar a una ducha general, porque no había agua caliente. En el otro me desalojaron, como no llegué el primer día dicen que perdí la reserva. Y…  bueno, chao.

(llega su compañero africano, supongo que están en misión) (habla según el en portugués, pero en realidad es porteño puro con entonación brasileira):

Quiere un cafesiño? Ahí está ese chico, que nos traiga café y algo de comer.

Una cagada ese hotel donde nos metieron. Sabés no meu Latinoamerica nao es así. Si vocé tiene una reserva y no llega se la guardan. 

No meu pais las cosas son muy distintas. Muito. Vocé sabe. Es más, al tipo de la agencia lo cagaríamos a patadas, por no prever.  África nao es así y es una cagada. Esto, en América Latina … imposible. Así no van a progresar. Obrigado. Mierda, está caliente este cafesiño.

El compañero africano sigue callado, solo lo mira, desde muy lejos.

(lo de argentino es solo una casualidad. Esa escenita la he visto mil veces.  El boludo, sabiondo inoportuno, que cree que nos viene a salvar el país. Esos no tienen nacionalidad).

3.Un comerciante angolano, que vive en Joburg. Me viene a salvar la tanda.

Esta es la oportunidad de África. África está joven y quiere crecer. Eso me dice. Estamos circulando en su volvo la carretera entre Pretoria y Joburg. Mientras trato de escucharlo pienso en cuanto me cuesta circular “por el otro lado” de la vía.

Angola ya no es como antes. Muchos negocios, mucha infraestructura. No vas a reconocer Luanda. Claro, mucha construcción y ningún drenaje. Cuando llueve, los carros nadan. Mucha oportunidad para vos y tus negocios, aquí todo está por hacer y hay que llegar rápido. Ven, ponés acá tu oficina, te la inscribimos pronto, de aquí, para Angola, Namibia, Bostwana... (Suena bien. Sin duda suena bien)

En Angola no hemos aprendido, dice. No es como en Sudáfrica. El otro día un barco cargado de crudo estuvo 3 semanas frente al puerto en Luanda. Nunca hicieron los papeles, el barco se devolvió a Indonesia. La gente cree que poniendo trabas y burocracia se hace más importante. Pero no planean. 

Llevaron la franquicia de Nando’s (una especie de Pollo Campero Sudafricano – NdelT). ¡¡¡En Angola no hay pollo, ni papas!!!! Sabe cuanto cuesta llevar el pollo desde acá?

Conoces Benguela? (Le digo que sí). Sabes cuanto costó el puente sobre el río Catumbela. Un pequeño puente. 15 mil millones. Tenemos la desdicha de ser un país con plata, y parece que nada costara. Pero, y la gente? Adonde se queda la gente? No hemos aprendido nada. Una nueva generación, es lo que falta.

Le escucho, mientras seguimos circulando en peregrinación. Mi hotel ya está muy cerca.  No puedo dejar de mirarnos, de mirar América Latina.


4.Breve encuentro con un europeo intentando inmigrar ilegalmente en Angola.

Pues sí, un espalda mojada. Un sudaca. Un blackhead – como nos dicen en los países nórdicos.  Parece una ucronía y el mundo se puso al revés.

Estoy en O.R. Tambo, el flamante aeropuerto de Johannesburg. Más grande y moderno que cualquiera en las Américas. Incluso en Europa. Lo que pueden la FIFA y el Mundial. Pero ese es otro cuento y ya lo contó Eduardo Galeano tan bien…!

Al fin mi situación mejora y parece que saldré para Luanda. Voy contento y silbando. Veo un tipo con cara de desesperación, gesticulando frente a una oficial de seguridad sudafricana. Él, blanco, grita exasperado en portugués; ella, negra, grita exasperada en inglés. Curiosamente, aunque se gritan al unísono y no se entienden, ella está respondiendo las preguntas de él y él está dando la información que ella le pide. Solo que no se han dado cuenta. El tipo se va, con cara de angustia. Me acerco y le ofrezco mi ayuda a la señorita. Lo llamamos y comienzo a traducir. 

-Hasta que no me diga cual es la compañía, no podré ayudarle.
-O senhor sabe com quem vai voar agora?
-No lo sé, ese es mi problema (en português por supuesto!)
-Bueno, viene de Portugal con TAP y ahora va con SW para Wendhoek (Namibia). 
-Ah... si – dice la chica – OK, SW es Air Botswana.
-Listo, vamos a Air Botswana. Le acompañamos.
-(como la experiencia enseña, pregunto más adelante a un oficial de seguridad)
-SW? Claro, eso es Air Namibia. Y el señor va para Namibia. Suena lógico.
-Bien, aquí lo dejamos, supongo que entiende bien lo que tiene que hacer ahora.
-Mire, no, lo siento. No entiendo muy bien los aeropuertos. Casi nunca he viajado. 
-Y usted es de Lisboa?
-De Sintra, sí. Muy cerca de Lisboa.
-Si, muy bonita esa ciudad. Y va de vacaciones a Namibia?
-Pues no – me dice con un aire de mucha preocupación.
-Ah – o senhor vai para Angola, né – dice mi amigo Augusto el silencioso.
-Vou, si senhor .

Augusto se lo lleva aparte y conversan un rato. Yo los miro intrigado, pero algo en mis entrañas me dice que es muchísimo mejor no asomarme en esa conversación. Se va a hacer su fila y se despide agradecido.

-Es un portugués que va de inmigrante ilegal para Angola. Son muchos, cada mes llegan más. Las cosas en Europa están mal, y vienen a hacer negocios en Angola. Pero el Gobierno no les da visa.
-La ex-colonia no le da visa a sus ex-colonizadores? Que vueltas que da la vida. Bueno, llegan a Namibia, y luego como entran en Angola?
-Muito facil senhor Rolando. Muito facil. Quer saber?
-No Augusto. No en el aeropuerto de Sudáfrica, a punto de que me den mi visa. 

-Muito facil. Si senhor. Me dice con una sonrisa que no intento descifrar.



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Luis Rolando Durán
América Latuanis


viernes, 7 de agosto de 2009

Una vez me encontré con ... un ministro que no quería escuchar a las ventanas





Haití, Puerto Príncipe. No recuerdo muy bien el año, pero si recuerdo la crisis. Un gobierno improbable, tratando de organizarse luego de las idas y venidas de un un ex-cura que llegó a presidente, aclamado por su pueblo, un militar golpista que no pudo resistir los embates de la esperanza, una población desesperada desgranándose todos los días, hacia los Estados Unidos y la República Dominicana. Después, el presidente depuesto habría de volver, solo para confirmar cuan atrevida podría ser la esperanza, y cuan ingenua. Llegó en un barco de la armada gringa y lo sacaron después en un helicóptero. Los mismos que lo pusieron, lo habrían de quitar, con mucha agua sucia que pasó por el molino. Y la gente cada vez más pobre, y las opciones cada vez más pocas. 

Estaba trabajando con el PNUD y en los días de esa misión habían grandes manifestaciones todos los días. Una situación difícil de sostener, sobre todo para hacer un trabajo que se supone construye sobre las instituciones nacionales. 

Llegué al Campo de Marte (Champ de Mars), donde miles de haitianos se manifestaban, bajo un calor que bajaba a chorros por la frente y la espalda. Lo más difícil era abrirse paso entre una multitud enardecida que a veces gritaba, a veces bailaba y cantaba y nunca se podía saber que previsiones tomar ante cualquiera de los dos. 

El “Palacio de los Ministros (Palais des Ministres)” es un conjunto de edificios alojados en una cuadra muy estratégica de la ciudad y por tanto muy céntrica y complicada. Vetusto es poco decir cuando uno piensa en ese lugar, que se fue deteriorando inexorablemente, como todo en la vida haitiana.

Tenía reunión con el viceministro de trasportes, a una hora no muy precisa de la tarde. A duras penas me abrí paso entre la multitud y logré ingresar por el Ministerio del Interior, adonde tenía muy buenos contactos, en medio de toda la seguridad – guardias con viejas carabinas, con cara de sueño algunos, asustados otros y muy agresivos la mayoría. A todo esto, la multitud se acercaba cada vez más a los muros del “palacio” y la situación no pintaba nada agradable que digamos.

Por una serie de pasillos logré entrar al Ministerio de Transporte y, con muchas menos dificultades de lo esperado, en unos minutos estaba sentado en el despacho del Viceministro, tratando de conversar con su asistente y recibiendo la bendición del ruidoso acondicionador de aire. Tan ruidoso era que me permitió una falsa sensación de tranquilidad, puesto que no se escuchaban los ritmos y clamores de la multitud en la calle. Minutos después estaba sentado en un sillón de la oficina del político.

-Buenas tardes monsieur Durán. Me veo en la obligación de decirle que esta conversación que tendremos será mi punto de vista personal, puesto que acabo de renunciar a mi cargo. Como usted sabe estoy actuando de Ministro interino, puesto que mi colega renunció hace un mes, así que no tengo muy claro como quedará la situación del ministerio.
-Gracias señor ministro por su franqueza. Siento mucho lo de su renuncia, y la verdad es que si me interesa mucho su punto de vista personal.

En este intercambio tan diplomático, percibí que el ministro estaba sentado de espaldas a la ventana y yo quedaba de frente, mirando hacia la calle.

-Sabe, cuando integré este gobierno tenía muchas ilusiones. Yo pensaba que ahora si estábamos listos para llevar adelante este país. No para esas historias del desarrollo, que tanto decimos pero que no creemos, sino para mejorar un poco la vida de la gente.
-Claro – le dije yo – este país se lo merece, la gente ya ha sufrido mucho.
-Cierto, así es. 

Me di cuenta que la entrevista no importaba, ni el tema del trabajo, ni las horas de viaje vía Costa Rica, Miami y Puerto Príncipe. Para el señor Ministro, cuyo nombre no recuerdo, ni pienso tratar de encontrar,  lo importante era ese momento de su vida, el punto de inflexión en que te das cuenta que ya todo terminó, que irremediablemente las cosas se fueron al carajo y solo queda la angustia, ahogar la rebeldía y acoplarse, decir las palabras, las temibles palabras, y enfrentar la huida diciendo no puedo más, sacar tus cosas y salir a la calle, adonde puede que hayan miles o no haya nadie, a enfrentarte con vos mismo, que es la peor multitud que puede tener uno al frente cuando fracasa.

-Este podía ser un gran país monsieur Duran – continuaba, sin poner mayor atención a mis comentarios, pescando algunas palabras al vuelo para continuar elaborando su catarsis.
-Pero nosotros los políticos somos los responsables…

Con asombro, me doy cuenta que en la ventana se observaba una nube de palos, piedras y otras cosas imposibles de identificar. Los manifestantes se han acercado al muro y las cosas que lanzan se miran, suspendidas en el aire, como si se flotaran detenidas en el tiempo. En una escena dramática y ridícula, el ministro, casi ex-ministro, continúa hablando, de su vida, de su visión de las cosas, de los pocos temas que logro colar en la conversación, mientras afuera, sin que el se de cuenta, el mundo se nos viene encima. La situación es atemorizante, pero estamos en una pecera, fría y aislada del ruido externo, por los acondicionadores de aire que apenas dejan escuchar nuestras palabras.

Algo que parece un huevo se estrella contra la ventana, y unas piedras se asoman brevemente también, entonces yo decido que es hora de largarme de ahí y que mi breve visita a la soledad creciente del político en desgracia se había acabado. 

-Monsieur le ministre … creo que ya tengo toda la información que estaba buscando. Le agradezco mucho su atención. Merci beaucoup.
-De nada señor Durán, vuelva cuando quiera, comuníquese con mi despacho, bueno, ya yo no estaré, pero alguien habrá que le pueda ayudar. Au revoir.

Le miré regresando a su escritorio. Me parecía increíble su parsimonia, corrigiéndose la corbata para gastar sus últimos minutos de autoridad, como si afuera no pasara nada.

En breves segundos me di cuenta que mi situación tampoco era muy buena. Casi al final de la tarde, atrapado en el Palais de Ministres con medio país afuera saltando, gritando, bailando y tirando cuanto objeto tuviera pinta de proyectil. Los portones del Ministerio estaban cerrados y los agentes de seguridad no parecían entusiasmados con la idea de abrir para que saliera el blanquito ese tan inoportuno.



Recurrí a los pasillos internos y a mis amigos en el otro ministerio. Una de ellas me acompañó y me dijo que solo había una salida, que aún estaba libre: la puerta que solo usa el ministro del interior. Bajamos al primer piso y en una debate intenso y sudoroso en créole, logró convencer a los guardas para que me abrieran. Salí a una calle, adonde no había aún mucha gente. Logré dar un rodeo a la manifestación, una masa uniforme llena de ruidos que se condensaban en un único zumbido atemorizante. Al lado, el chofer de PNUD, tan asustado como yo, me logró rescatar de ahí.

Comenzamos a subir hacia Pétion Ville y miraba por la ventana el dolor de un país que lleva tantos años esperando, tantas veces explotado, y en su gente, con la vida consumiéndose entre intentos por salir del barranco sin fin de la miseria. Pensé también en el Ministro, en su isla de soledad a punto de desboronarse, en su aparente flema y parsimonia, pero sobre todo en su amargura. No se cuan honesto habría sido, pero si tenía claro que aún en esos momentos grandes de la vida, cuando la realidad lo borra a uno y lo vuelve parte de un instante anónimo también existe la realidad de las personas, sus grandes derrotas que se disipan, condenadas al olvido, en la vorágine de su tiempo.


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Luis Rolando Durán
América Latuanis




lunes, 29 de junio de 2009

Una vez me encontré con ... un cliente inusual, en un “bar de comunistas”




Una vez me encontré con ... un cliente inusual, en un “bar de comunistas”

Hoy la vi, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba
el que dan unos años de no ser feliz ... 🎶

  1. -Mae, ¿cómo se llama esa canción?
  2. -Hoy la vi. De Pablo Milanés.
  3. -Puta, que buena.
  4. -Sí, verdad. ¿Otra birrita?
  5. -mjmju

El tipo parecía uno de esos clientes que se aparecen de pronto, sin mayores antecedentes y que desaparecen después de unos días de visitar el bar, probarse el menú de bocas y soltar algún par de secretos inconfesables, de los que se salen cuando la soledad y la borrachera conjuran.

El bar. La Villa. Mi bar, nuestro bar. Una larga y bonita historia, para contar otro día. Por ahora basta decir que era co-dueño del bar más exitoso y más mal administrado de toda la Calle de la Amargura, en los alrededores de la Universidad de Costa Rica. 

Al principio, como socio y principal inversionista, era responsable de las relaciones públicas del negocio. Quince minutos después del principio, terminé arremangado, en el patio, pasando cervezas de las cajas a los enfriadores porque el bar estaba repleto. Mi carrera de negociante exitoso y bien vestido duró muy poco y de ahí en adelante me dediqué a cargar cajas, organizar botellas y “salonear” de vez en cuando.   Esa noche estaba trabajando en la barra.

El tipo era bajito, de mostacho y sonrisa a flor de labio, como buen tico urbano-aprendiz de la clase media que piensa que le va bien. Así lo catalogué, con mi ojo clínico de bartender, que generalmente no fallaba. Pocos días después volvió y se acomodó otra vez en la barra.

  1. -Mae, ponga hoy la vi, por fa.
  2. -Claro, ya va. ¿Otra birrita?
  3. -Mjmjú.

Luego de unas semanas con esta dinámica, como es esperable en nuestra América Latuanis, el compadre quedó bautizado como hoy-la-vi. Siguió viniendo, puntual, los miércoles y los viernes, a las 6 de la tarde. Los “habitués” del bar se hacían muchas preguntas, porque el tipo no soltaba prenda y nadie sabía quién era ni de dónde venía. 

  1. -Quiubo, hoy-la-vi. ¿No querés venir a la mesa?
  2. -Gracias mae. Tranquilo, aquí estoy bien.

Se sentó en uno de los incomodísimos bancos que teníamos en la barra y, como era usual, me pasó un pequeño maletín de mano con el que andaba siempre.

  1. -Que mae – lo saludé – ¿todo bien? ¿Una birrita?
  2. -mmjumjú

Desperté la mañana en que no pudo ser
No sin antes jurar que si no era contigo, jamás...🎶

  1. -Ay mae …. gracias. Esa pieza si que es tuanis.
  2. -Pura vida, hoy-la-vi, aquí estamos para complacer a los clientes.

Con mucha parsimonia empezó a beberse sus Imperiales, mientras la melodiosa voz de Pablo Milanés llenaba el antro, como él y algunos otros llamaban a la Villa.

  1. -Mae, ¿sabe porqué me gusta esa canción?

Como bartender/psicoanalista experimentado puse cara de circunstancia y lo miré fijamente y en silencio, esperando que él hiciera el resto del trabajo.

  1. -El primer día que vine aquí me había encontrado con Carmen, mi ex-novia. Estaba en un parque, esperando a alguien. Seguro a su novio o a su marido.

  1. -mmmm - le respondí

  1. -La mae me miró, pero creo que no me reconoció. Yo no paré, no pude saludarla, ni acercarme. ¿sabés por qué?

A estas alturas, los jumas - digo los clientes frecuentes - que se sentaban en las mesas cercanas a la barra estaban callados, con las orejas al acecho.

  1. -No mae, no sé por qué no le hablaste.
  2. -Porque cuando me miró era como otra persona. Tenía otra cara. ¿Entendés?

Lo miré desde lejos, nunca había hablado con él más que unas cuantas palabras. No me parecía un tipo interesante. No era conversador, como la mayoría de los tipos que llegaban a la barra, gente que no más se sentaba bebía muchas cervezas y hablaba de política, de literatura, o de alguna compañera de la U que le quitaba el sueño. Sin embargo, después de todo, hoy-la-vi también tenía su historia, tenía su corazoncito, y estábamos a punto de auscultarlo.

  1. -         mmm. Pero … y la canción - le dije.
  2. -Puta, no entendiste Rolo. Hoy la vi y tenía un rostro ajeno al que yo amaba. Entendés. El que dan unos años de NO ser feliz. ¿Ya la viste? Cuando escuché la canción pensé que ella todavía me amaba, que lo que vi en su cara era tristeza, infelicidad porque no estaba conmigo. ¿Entendés?

A todo esto, hoy-la-vi se había tomado más cervezas de las habituales, y comenzaba a tambalearse en el ya de por sí peligroso banco de la barra.

  1. -Ponéla, mae. ¡Poné la canción!
  2. -Tranquilo, ya te la he puesto cuatro veces. La gente se aburre.
  3. -Que me importan estos hijueputas. No entendés Rolo, tenía un rostro ajeno al que yo amaba. Pero no era por no ser feliz. Después, cuando la fui a buscar y hablé con ella ¡me dijo que era más feliz que nunca! 
  4. -Ponéla, mae.

Se había vuelto de espaldas a la barra y estaba mirando hacia las mesas.

  1. -Y si a estos hijueputas no les gusta que se aguanten.
  2. -Mae, hoy-la-vi, tranquilo – le dijo uno de los clientes.
  3. -Hoy la vi tu abuela. A mi no me tratan así.

Alguna gente se empezó a mover incómoda, otros comenzaron a tratar de hablar con él, de calmarlo. Sin embargo, hoy-la-vi ya estaba muy borracho y alterado. Hablaba con una voz gangosa, y no paraba de insultar.

Uno de los clientes, de esos que tienen pocas pulgas y son de mecha cortísima, se levantó y le gritó.

  1. -       ¡Andáte a la mierda!, porque una tipa no te quiera no tenés derecho a venir a insultar. Si no te calmás te vamos a sacar de aquí.
  2. -Ah, sí – le gritó hoy-la-vi – Rolo – me dijo – pasame mi maletín.

Más tranquilo, pensé que la cosa estaba llegando a su final, y que ese era el último día de hoy-la-vi en el antro. Se iría, con pena y con gloria, porque nos había dejado una historia que nos pasaríamos por muchos litros de guaro y de cerveza, y se convertiría en una nota obligada, en motivo de mucho análisis y, tal vez, en objeto de culto, como sucede generalmente en las buenas cantinas.

Le pasé su maletín, y con mano muy torpe lo abrió y sacó una identificación y un revólver de reglamento. 

  1. -Mae, hoy-la-vi, tranquilo, no te alterés tanto. Tranquilo.
  2. -Capitán hoy-la-vi – me dijo – y se volvió hacia la concurrencia, apuntando con el revólver. En la otra mano, una identificación emplasticada mostraba una cara borrosa y un bigote inconfundible.
  3. -Soy detective de la policía. Y este es un bar de comunistas. Los voy a arrestar a todos.

Entre el susto y lo cómico del apunte, todo el mundo se miraba, como con ganas de decirle que novedad o hasta ahora te das cuenta. Sin embargo, el revólver, la mano temblorosa y el compadre tan borracho insultando a diestra y siniestra, no invitaban a vacilar, ni a hacer algún chiste que pudiera alterarlo más.

Nuevamente, haciendo gala de mi experiencia de bartender/psiconalista traté de hablar con él, para que entrara en razón, se calmara y se fuera. El compa que lo había enfrentado lo miraba con los ojos desorbitados y yo me di cuenta que si no salíamos rápido de la situación iba a haber una matasinga. 

  1. -Mae, Ungido – le dije al compa – tranquilo. Mejor salga para que no haya clavo ¡Que salgás güevon! 
  2. -Vea capitán, estese tranquilo, no se altere. Yo lo acompaño, vea que la gente no se quiere pelear con usted.
  3. -Gracias Rolo, a usted es el único que no voy a arrestar - me dijo con una voz más tranquila.
  4. -Claro mae, vamos, yo lo dejo en la puerta, tranquilo.

Lo tomé del hombro y empecé a sacarlo. Los jumas estaban indignados y con ganas de masacrarlo. Un policía, ¡quien iba a decir que el güevón ese era un policía!

Avanzamos despacio entre las mesas y pronto llegué con hoy-la-vi a la acera del frente. 

  1. -Mae, guarde ese chopo, no vaya a herir a alguien
  2. -Tuanis Rolito. Voy jalando. Ojalá los maes no se lo tomen a mal. Me cuadra mucho venir al antro.
  3. -Claro mae, vuelva cuando quiera.
  4. -mae, Rolo
  5. -¿sí?
  6. -que mierda... de verdad que son felices porque ya no están con uno...

Nunca más lo volví a ver. Hoy-la-vi fue el tema de conversación por mucho tiempo, hasta que comenzaron a aparecer otras historias, otras penas con las cuales pasar el rato, reírse entre las cervezas, y cavilar con mucha inquietud cuando nadie lo mira a uno.

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Aquí la canción:










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Luis Rolando Durán
América Latuanis