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domingo, 27 de septiembre de 2020

Otro de La Villa: Una historia deVida


La Villa: Una historia deVida

Allá, en los perdidos años 90, unos amigos, clientes del insigne bar “La Rayuela” (que tenía un pintura/caricatura de Cortázar en la entrada), me buscaron para proponerme un negocio. Rayuela cerraría y alguien tenía que asumir el deber histórico de proveer un espacio ideológico y político donde tomar guaro. Tenía un buen trabajo en el área de importaciones de electrónica y telecomunicaciones, y la bonanza económica desbordaba mis limitadas ambiciones y mi experiencia consumista. Así que les dije que sí.

El grupo de socios, Fran Barrantes, Mario Céspedes y Alvaro León, ya había encontrado una hermosa casa con un gran árbol en el patio. Se corrió la voz de que abriríamos ahí el bar y una peregrinación de futuros socios comenzó a llegar. A nosotros no nos urgía y nos reuníamos debajo del árbol a tomar cerveza. También jugábamos futbol en el pequeño jardín del frente. Una vez, llevábamos horas jugando jupitas y tomando cerveza, cuando un bus de la ruta periférica estacionó frente a nosotros. Hasta ahí nada extraño porque justo en al frente era la parada. Pero entonces el chofer se bajó y entre molesto y chistoso nos dijo: ¡hijueputas, ustedes son unos vagos de mierda! Estoy trabajando desde temprano y cada vez que paso por aquí los veo perdiendo el tiempo. ¡pónganse a hacer algo, limpien, barran, pinten, pero hagan algo! - Acto seguido se fue, pero la verdad es que nosotros le hicimos caso y nos pusimos afanosamente a lavar y acomodar la casa. Fue nuestro primer cliente, todos los sábados, durante un largo período, llegaba a almorzar al bar.

Poco a poco comenzaron a llegar clientes a las jornadas de trabajo. Las tertulias, pre inicio de las obras se hicieron famosas y la gente seguía llegando. Nosotros comprábamos una cervezas, que poníamos en un enfriador pequeñito de uno de los socios. Fran se había ido como maestro ad-honorem a varias escuelas en el Caribe, y solo volvió tiempo después. Mario también lo acompañaba, y un buen día volvieron como colaboradores de una gran huelga campesina, que nuestro bar apoyo decididamente. Pero retomo el hilo histórico. 

Alguien, no recuerdo quien, tuvo la brillante idea de per-vender unos cartones de afiliados al bar. ¡mucho antes de los programas de cliente frecuente!, fuimos innovadores. Decíamos que era un bar, donde los clientes tenían un importante papel que jugar. ¡Mi amigo Pedro decía que era el único bar autogestionario que existía!. En realidad, lo más importante era que pagaran los mil colones de la afiliación, porque necesitábamos los fondos. 



En uno de los cuartos nos reuníamos los socios para planear el glorioso futuro del bar. Afuera, tomando cerveza, jugando naipes y escuchando la querida música trova, escasísima en aquellos días,  los clientes se sentaban a escuchar las deliberaciones. El problema empezó un día, cuando el tema de debate era dar o no dar crédito. Los cuatro socios coincidimos en que dar crédito era lo peor que podía pasar

- ¿Oyeron lo que pasó en el Cuartel de la Boca del Monte? - decíamos en voz muy alta

- No, ¿qué pasó? - cerraron porque los clientes debían más de lo que valía el bar

- Ah no, ¡a nosotros no nos debería pasar! 
...

Un murmullo comenzó a subir en la sala de los clientes. 

- A los del catracho’s también y Tauro’s cerró por lo mismo!
...

El murmullo de los clientes se hacía más y más envidente. De pronto, uno de ellos entró al cuarto/oficina. 

- Vengo como representante de los clientes - dijo - Ustedes siempre han dicho que este es un bar democrático, así que tienen que probarlo
...

Lo miramos con total estupefacción.

- Es más, venimos con una propuesta. Cada socio se hace garante de sus amigos. Si el amigo falla en pagar, el socio responde, y así no pierde el Bar. ¿Qué les parece? ¡Allá ustedes si eligen mal a sus amigos!

- Hombré, la idea no es mala, que les parece?

La lógica apabullante de la representación de clientes se impuso. Listo, aprobado - Clientes 1, socios 0.

Otro día, la cosa se puso peor. El presupuesto comenzó a fallar, y los socios estábamos preocupados con la posibilidad de abrir en la fecha programada. Yo había llevado una computadora, y éramos el bar más tecnologizado del país. En una hoja en Multiplan (a ver quien lo recuerda) habíamos montado la estructura de costos y haberes. Y los haberes no daban.

- Mae no, no alcanza

Murmullo creciente en la barra de clientes.

- Puta, güevón, y ahora que hacemos.

- Diay, tenemos que posponer la apertura, al menos un mes
...

El murmullo en la barra de clientes explotó y comenzaron a hablar fuerte, y luego a gritar.

- No pues, ¡déjense de vainas!. ¿Qué es esa mierda de que no van abrir?

- Mae, que varas las de ustedes, eso no se le hace a los clientes - dijo otro allá al fondo

- ¡Ah sí! ¿y como putas creen que vamos a pagar el mobiliario? - dije yo.
...

Como era de esperar, los güevones se aparecieron con otra una idea. 

- Ustedes compran los materiales y la pintura… nosotros armamos todo.

- ¡Sí! se ahorran toda esa plata. Pintamos el local, armamos el mobiliario y lo decoramos

- Yo tengo unos afiches - dijo otro por allá - ¿los traigo ya?

- No guevón, que no hemos decidido 

- ¡Domingo rojo! - gritaron desde la barra. Comenzamos este domingo.

Otra vez, la lógica apabullante se impuso. La idea era buena, y dijimos que sí. El presupuesto sí daba para la materia prima. Entonces, con la plata disponible nos fuimos a comprar los materiales, la varillas de hierro, la madera, la pintura y demás.

El domingo la casa estaba abarrotada. Había música trova, música revolucionaria, llegaban futuros músicos famosos a cantar, y todos a tomar mucha cerveza. Nosotros habíamos comprado unas cajas de birra y las pusimos a disposición en el enfriador pequeñito. Todo el mundo cortaba, lijaba, barnizaba. Un compañero, completamente borracho y con una voluntad de hierro, apenas lograba apenas mantenerse en pie, pero estaba decidido a lijar la tabla de madera que le habían asignado. Apoyaba todo su peso en la lija y se dejaba ir a largo de la tabla. Nunca se cayó.

Dos compas, un poeta maravilloso y una mujer luchadora, que caerían luego presos por formar una célula guerrillera en San José, dirigían parte del barullo. Gente de diferentes escuelas venía con regalos para el bar. El ingenio y el licor volaron y ese domingo todo quedó listo. ¡El bar la Villa estaba listo para abrir al día siguiente!. 

- Rolo, mae, vos hablás bien, y no sabes nada de cantinear. Así que te encargas de las relaciones públicas - me dijeron.

- Listo - asentí. En efecto, yo no tenía ninguna experiencia de ese lado de las cosas.

Decidido a no estorbar y a aplicar mis supuestas capacidades en lo que fuera mejor para el proyecto cultural (esa era la misión del bar) fui y me compré una camisa toda elegante. Imaginaba a todas las chicas (las bailarinas, las de teatro, las ingenieras que estaban re-guapísimas, las sociólogas, en fin, todas ellas) que entrarían y quienes yo saludaría de primero.  Necesitarían de mi para que les buscara una mesa, para que les presentará a los cantantes, etc.

La hora llegó y el llenazo fue tal que no alcanzaban las cervezas, ni las sillas, a pocos minutos de abrir la puerta.

- Mae, Rolo, olvídese de las relaciones públicas. Vaya a comprar cerveza, que se acabó. 

Hasta ahí llegó mi sueño de elegante relacionista público. Tuve que quedarme tras bambalinas, poniendo el hielo, cambiando las cervezas de lugar, ayudando al equipo de cocina (Magda y Leila). El glamour se fue a la mierda y me perdí en el triste anonimato, mientras mis socios brillaban, a la par de Yolanda, nuestra insigne mesera, “saloneando” y atendiendo la barra. Bueno, por un tiempo. 

Entonces pasó.

Craaaaaccccccccc

En una de las salas, mi amiga, la periodista famosa que después se ganó todos lo premios habidos y por haber, estaba en el suelo, con el vaso en la mano, luciendo un equilibrio maravilloso y una convicción irrefutable de que la cerveza no debía llegar al suelo. La silla , recién soldada y pintada, se había descerrajado por completo. 

- Mierda! - Craaaaaaac, sonó en el otro salón.

Otra cliente al suelo. Yo miré a mi socio el encargado del diseño de las sillas. 

- Mae, guevón ¿Seguro que soldaste bien las sillas?

- Ay mae, creo que pusieron los arriostres al revés (los que aseguran la estabilidad).
- ¿Y ahora que mierda hacemos?

Craaaac. La tercera silla al suelo. Otro amigo mío.

Lo miramos sentado en el suelo, pendientes de si estaba vivo o no, porque ya se había pasado de tragos. Incólume, se levantó, sin haber derramado una gota de cerveza. Todo el mundo comenzó a aplaudir. Comenzaron las apuestas, para ver a quien se le quebraba la siguiente silla. ¡Se peleaban por caerse! Felizmente nadie se dio cuenta de los culos pintados de café. En algunas sillas, la pintura no había secado bien. Otras no estaban bien lijadas, y más de un traje de luces quedó rasgado. El día glorioso que inauguramos la Villa.

Y así fue. La Villa brilló. Se convirtió en el punto de encuentro de la intelectualidad, del arte y de la política. Toda la izquierda pasó por ahí. Los guerrilleros, la izquierda erótica, los espías, los contras. Un día llegó Quino y se tomó un café bajo el árbol. Otro día Eduardo Galeano. Otro día Joaquín Gutiérrez..

Todo el mundo recuerda la Villa, siempre con nostalgia


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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis
www.americalatuanis.net














lunes, 29 de junio de 2009

Una vez me encontré con ... un cliente inusual, en un “bar de comunistas”




Una vez me encontré con ... un cliente inusual, en un “bar de comunistas”

Hoy la vi, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba
el que dan unos años de no ser feliz ... 🎶

  1. -Mae, ¿cómo se llama esa canción?
  2. -Hoy la vi. De Pablo Milanés.
  3. -Puta, que buena.
  4. -Sí, verdad. ¿Otra birrita?
  5. -mjmju

El tipo parecía uno de esos clientes que se aparecen de pronto, sin mayores antecedentes y que desaparecen después de unos días de visitar el bar, probarse el menú de bocas y soltar algún par de secretos inconfesables, de los que se salen cuando la soledad y la borrachera conjuran.

El bar. La Villa. Mi bar, nuestro bar. Una larga y bonita historia, para contar otro día. Por ahora basta decir que era co-dueño del bar más exitoso y más mal administrado de toda la Calle de la Amargura, en los alrededores de la Universidad de Costa Rica. 

Al principio, como socio y principal inversionista, era responsable de las relaciones públicas del negocio. Quince minutos después del principio, terminé arremangado, en el patio, pasando cervezas de las cajas a los enfriadores porque el bar estaba repleto. Mi carrera de negociante exitoso y bien vestido duró muy poco y de ahí en adelante me dediqué a cargar cajas, organizar botellas y “salonear” de vez en cuando.   Esa noche estaba trabajando en la barra.

El tipo era bajito, de mostacho y sonrisa a flor de labio, como buen tico urbano-aprendiz de la clase media que piensa que le va bien. Así lo catalogué, con mi ojo clínico de bartender, que generalmente no fallaba. Pocos días después volvió y se acomodó otra vez en la barra.

  1. -Mae, ponga hoy la vi, por fa.
  2. -Claro, ya va. ¿Otra birrita?
  3. -Mjmjú.

Luego de unas semanas con esta dinámica, como es esperable en nuestra América Latuanis, el compadre quedó bautizado como hoy-la-vi. Siguió viniendo, puntual, los miércoles y los viernes, a las 6 de la tarde. Los “habitués” del bar se hacían muchas preguntas, porque el tipo no soltaba prenda y nadie sabía quién era ni de dónde venía. 

  1. -Quiubo, hoy-la-vi. ¿No querés venir a la mesa?
  2. -Gracias mae. Tranquilo, aquí estoy bien.

Se sentó en uno de los incomodísimos bancos que teníamos en la barra y, como era usual, me pasó un pequeño maletín de mano con el que andaba siempre.

  1. -Que mae – lo saludé – ¿todo bien? ¿Una birrita?
  2. -mmjumjú

Desperté la mañana en que no pudo ser
No sin antes jurar que si no era contigo, jamás...🎶

  1. -Ay mae …. gracias. Esa pieza si que es tuanis.
  2. -Pura vida, hoy-la-vi, aquí estamos para complacer a los clientes.

Con mucha parsimonia empezó a beberse sus Imperiales, mientras la melodiosa voz de Pablo Milanés llenaba el antro, como él y algunos otros llamaban a la Villa.

  1. -Mae, ¿sabe porqué me gusta esa canción?

Como bartender/psicoanalista experimentado puse cara de circunstancia y lo miré fijamente y en silencio, esperando que él hiciera el resto del trabajo.

  1. -El primer día que vine aquí me había encontrado con Carmen, mi ex-novia. Estaba en un parque, esperando a alguien. Seguro a su novio o a su marido.

  1. -mmmm - le respondí

  1. -La mae me miró, pero creo que no me reconoció. Yo no paré, no pude saludarla, ni acercarme. ¿sabés por qué?

A estas alturas, los jumas - digo los clientes frecuentes - que se sentaban en las mesas cercanas a la barra estaban callados, con las orejas al acecho.

  1. -No mae, no sé por qué no le hablaste.
  2. -Porque cuando me miró era como otra persona. Tenía otra cara. ¿Entendés?

Lo miré desde lejos, nunca había hablado con él más que unas cuantas palabras. No me parecía un tipo interesante. No era conversador, como la mayoría de los tipos que llegaban a la barra, gente que no más se sentaba bebía muchas cervezas y hablaba de política, de literatura, o de alguna compañera de la U que le quitaba el sueño. Sin embargo, después de todo, hoy-la-vi también tenía su historia, tenía su corazoncito, y estábamos a punto de auscultarlo.

  1. -         mmm. Pero … y la canción - le dije.
  2. -Puta, no entendiste Rolo. Hoy la vi y tenía un rostro ajeno al que yo amaba. Entendés. El que dan unos años de NO ser feliz. ¿Ya la viste? Cuando escuché la canción pensé que ella todavía me amaba, que lo que vi en su cara era tristeza, infelicidad porque no estaba conmigo. ¿Entendés?

A todo esto, hoy-la-vi se había tomado más cervezas de las habituales, y comenzaba a tambalearse en el ya de por sí peligroso banco de la barra.

  1. -Ponéla, mae. ¡Poné la canción!
  2. -Tranquilo, ya te la he puesto cuatro veces. La gente se aburre.
  3. -Que me importan estos hijueputas. No entendés Rolo, tenía un rostro ajeno al que yo amaba. Pero no era por no ser feliz. Después, cuando la fui a buscar y hablé con ella ¡me dijo que era más feliz que nunca! 
  4. - 
  5. -Ponéla, mae.

Se había vuelto de espaldas a la barra y estaba mirando hacia las mesas.

  1. -Y si a estos hijueputas no les gusta que se aguanten.
  2. -Mae, hoy-la-vi, tranquilo – le dijo uno de los clientes.
  3. -Hoy la vi tu abuela. A mi no me tratan así.

Alguna gente se empezó a mover incómoda, otros comenzaron a tratar de hablar con él, de calmarlo. Sin embargo, hoy-la-vi ya estaba muy borracho y alterado. Hablaba con una voz gangosa, y no paraba de insultar.

Uno de los clientes, de esos que tienen pocas pulgas y son de mecha cortísima, se levantó y le gritó.

  1. -       ¡Andáte a la mierda!, porque una tipa no te quiera no tenés derecho a venir a insultar. Si no te calmás te vamos a sacar de aquí.
  2. -Ah, sí – le gritó hoy-la-vi – Rolo – me dijo – pasame mi maletín.

Más tranquilo, pensé que la cosa estaba llegando a su final, y que ese era el último día de hoy-la-vi en el antro. Se iría, con pena y con gloria, porque nos había dejado una historia que nos pasaríamos por muchos litros de guaro y de cerveza, y se convertiría en una nota obligada, en motivo de mucho análisis y, tal vez, en objeto de culto, como sucede generalmente en las buenas cantinas.

Le pasé su maletín, y con mano muy torpe lo abrió y sacó una identificación y un revólver de reglamento. 

  1. -Mae, hoy-la-vi, tranquilo, no te alterés tanto. Tranquilo.
  2. -Capitán hoy-la-vi – me dijo – y se volvió hacia la concurrencia, apuntando con el revólver. En la otra mano, una identificación emplasticada mostraba una cara borrosa y un bigote inconfundible.
  3. -Soy detective de la policía. Y este es un bar de comunistas. Los voy a arrestar a todos.

Entre el susto y lo cómico del apunte, todo el mundo se miraba, como con ganas de decirle que novedad o hasta ahora te das cuenta. Sin embargo, el revólver, la mano temblorosa y el compadre tan borracho insultando a diestra y siniestra, no invitaban a vacilar, ni a hacer algún chiste que pudiera alterarlo más.

Nuevamente, haciendo gala de mi experiencia de bartender/psiconalista traté de hablar con él, para que entrara en razón, se calmara y se fuera. El compa que lo había enfrentado lo miraba con los ojos desorbitados y yo me di cuenta que si no salíamos rápido de la situación iba a haber una matasinga. 

  1. -Mae, Ungido – le dije al compa – tranquilo. Mejor salga para que no haya clavo - ¡Que salgás güevon! 
  2. -Vea capitán, estese tranquilo, no se altere. Yo lo acompaño, vea que la gente no se quiere pelear con usted.
  3. -Gracias Rolo, a usted es el único que no voy a arrestar - me dijo con una voz más tranquila.
  4. -Claro mae, vamos, yo lo dejo en la puerta, tranquilo.

Lo tomé del hombro y empecé a sacarlo. Los jumas estaban indignados y con ganas de masacrarlo. Un policía, ¡quien iba a decir que el güevón ese era un policía!

Avanzamos despacio entre las mesas y pronto llegué con hoy-la-vi a la acera del frente. 

  1. -Mae, guarde ese chopo, no vaya a herir a alguien
  2. -Tuanis Rolito. Voy jalando. Ojalá los maes no se lo tomen a mal. Me cuadra mucho venir al antro.
  3. -Claro mae, vuelva cuando quiera.
  4. -mae, Rolo
  5. -¿sí?
  6. -que mierda... de verdad que son felices porque ya no están con uno...

Nunca más lo volví a ver. Hoy-la-vi fue el tema de conversación por mucho tiempo, hasta que comenzaron a aparecer otras historias, otras penas con las cuales pasar el rato, reírse entre las cervezas, y cavilar con mucha inquietud cuando nadie lo mira a uno.

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Aquí la canción:










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Luis Rolando Durán
América Latuanis